Un país de pajitas

Resulta más sexy beber 'directamente de la copa' que chupando un plástico de colorines

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

La guerra mundial contra el plástico celebra la batalla de Málaga. En la costa, los merenderos (término de preferencia para denominar a estos establecimientos frente al vulgar 'chiringuito') se han puesto de acuerdo para eliminar las pajitas de plástico. La cuestión no es baladí. España es el país que más pajitas consume del mundo, llegando a la escalofriante cifra de 13 millones cada día. Supongo que algo influirá el consumo de los visitantes extranjeros, algunos de los cuales andará convencido de que aquí nos pasamos el día pimplando sangría, pero el caso es que cada una de estas insignificantes cañitas que se usan durante pocos minutos tarda 500 años en descomponerse, convirtiéndose en un peligro medioambiental de primer orden.

Soy ese tipo de personas convencidas de que resulta más sexy beber 'directamente de la copa' que chupando un plástico de colorines. Las excepciones son pocas. Por ejemplo, puede que uno acabe de pasar por una salvaje intervención dental, una operación de aumento de labios, una corrección de leporino o por la aplicación de cantidades industriales de 'gloss' o de 'lipstick'. Consideraría respetable la ingesta de líquidos mediante cánula o canuto en caso de estar en una sesión de fotos para un medio fundamental y en eventos de moda más importantes del mundo, como la Pasarela Larios. Quiero decir con esto que encuentro pocos motivos serios para empezar una lucha por mantener las pajitas en los bares. Tampoco se trata de prohibir su existencia, lo que resultaría cruel, solo de aquellas pajitas fabricadas con uno de los materiales que se emplean para hacerlas. En muchos sitios ya se encuentra uno con felices cañitas de cartón y es algo que debe hacerse en todos los restaurantes de comida rápida o en otros lugares en los que la vida sin pajitas parece inviable. Las modelos podrán seguir usando pajitas de vidrio, de acero o de bambú, y así serán usadas en bodas y en comuniones de renombre, no así en funerales y en muchos otros lugares en los que seguirá quedando mal.

Ayer, a unas horas en las que lo extraño era que el plástico de la ciudad no se derritiera, una pequeña comitiva fue a visitar el barco de Greenpeace; un buque con nombre de superhéroe homosexual, Rainbow Warrior, que está atracado en el puerto durante estos días. Es el principio de una gira por Europa emprendida para concienciar sobre el cambio climático a todo el que quiera acercarse, pero sobre todo a los gobiernos y a las grandes empresas, a las que Greenpeace señala porque no están actuando con la urgencia ni ambición necesarias, o por encubrir su actividad contaminante mediante lavados de cara y disimulos. De poco sirve que nos obsesionemos con el reciclaje o que rechacemos el uso de pajitas allá donde las haya si luego gran parte de nuestra vida diaria está construida con este material, o si para hacer la compra sin llevarte a casa un viaje de plásticos de un solo uso hay que convertirse en superhéroe. En un guerrero del arcoíris.