Todo no, Pablo

Casado responde a una derecha que no se avergüenza de serlo, y que tiene ganas de venganza

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Hay frases de Alfonso Guerra que han quedado estampadas a hierro en la historia de nuestro país. Una de las últimas decía que Rajoy iba a tener más amigos en la cárcel que El Vaquilla. Otra tuvo su éxito durante la época de Aznar y decía algo así como «el Partido Popular lleva veinte años girando al centro. ¡Imagínense de dónde venían!». Este fin de semana, el nuevo presidente del partido ha señalado exactamente ese lugar, un espectro ideológico al que ningún partido decente debería haber cubierto jamás. Una derecha reaccionaria que no se va a limitar bajadas de impuestos o de servicios sociales, sino también un peligroso recorte de los derechos y las libertades que nos ha costado tanta sangre alcanzar. Pablo Casado responde a una derecha que no se avergüenza de serlo, y que tiene ganas de venganza.

Hasta ahora hay que reconocer que, con sus excepciones y con sus resistencias, el PP ha sido respetuoso con avances sociales que se han alcanzado en temas como el divorcio, el aborto o el matrimonio homosexual. Por lo menos no han derogado las leyes. Primero porque fueron los primeros en divorciarse, segundo porque también entendían del aborto (cuando a las pijas embarazadas se las mandaba a Londres), y tercero porque los gais del PP estaban encantados con salir del armario y empezaron a casarse entre ellos. Pablo Casado ha sido el primer presidente del PP en anunciar que romperá esa tendencia, acaso de saber rendirse, que convertía a este partido que se define como el de «la libertad individual» en una cosa un poco más humana, porque humanidad la hay: conozco a gente del PP con la mente más abierta que algunos militantes socialistas con los que he tenido que toparme.

El discurso que pronunció Casado en el Congreso fue terrorífico. Una de las cosas más bestias que se le ha escuchado decir fue que derogaría la última ley del aborto para volver a la de 1985, una estrategia que entraría dentro de su plan para «defender a las familias y fomentar la natalidad», una idea que, si lo piensan bien, esconde una crueldad tremenda. Es un hecho que la victoria de Pablo Casado saca a flote la parte más recóndita del PP. No le faltaba razón a Celia Villalobos cuando tuvo los ovarios para decir que a Pablo Casado le apoyan sectores de la extrema derecha. Los escarceos han sido continuos: tiritos a militantes de VOX, un apoyo explícito de los ultraconservadores de Hazte Oír y la pretensión de recuperar reliquias ideológicas como María San Gil, por no hablar del mismo Zoido, que salió rápido a defender a los suyos porque conserva todos los fogonazos de un movimiento del que se ha descargado de responsabilidades a la mínima oportunidad. El propio Casado dijo que en este nuevo PP cabe «todo lo que está a la derecha del PSOE». Porque no debería. Todo no.