A las orillas del Ladoga

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Transcribo las palabras que un cólico me impidió dedicar el miércoles a Agustín de Foxá y a su sesudo hagiógrafo Cristóbal Villalobos. Vaya por delante mi felicitación a la editorial Renacimiento que viene realizando una encomiable labor de rescate de este heterodoxo aristócrata que ganó la guerra pero perdió la posteridad literaria -Trapiello 'dixit'- por algo tan español como son los fantasmas ideológicos. 'A las orillas del Ladoga' reúne veintiséis artículos, nueve poemas y varias decenas de cartas dirigidas por Foxá a sus padres y hermanos desde Finlandia, donde había sido nombrado encargado de Negocios de la Embajada española en dicho país. No hay nada más contradictorio en la historia de la diplomacia española que ese nombramiento, bueno, quizá hay otro similar, el de Giménez Caballero como embajador del Paraguay, pero así era como Franco correspondía a quienes le apoyaron pero sin bajar la cabeza, alejándolos de su centro de gravedad permanente: Madrid. Foxá era de lengua fácil, no podía callar, hasta tal punto que tuvo problemas con otro conde, el conde Ciano, al sugerirle elegantemente que era un cornudo. Parte de las habilidades sociales de Foxá dependían del uso de esa lengua viperina que brillaba en las cenas en las que deglutía como su amigo Neville mientras hablaba como Óscar Wilde. «Tengo el puesto ideal -dijo-. Embajador de una dictadura en una democracia. Disfruto de ambos sistemas». Puede decirse que él también puso el genio en su vida y el talento en la literatura.

Hace muchos años, cuando los dinosaurios dominaban la tierra, tuve la suerte de leer 'Madrid de corte a cheka', el Episodio Nacional que Galdós no escribió sino Agustín de Foxá y que Jaime Siles considera una de las novelas españolas cruciales del siglo XX. Y no se equivoca. Nunca agradeceré lo bastante a Pedro Sánchez Rodrigo que extrajera de la Biblioteca de su padre tamaña joya literaria para que yo pudiera disfrutar de la edición salmantina del 38, al menos en fotocopias, mucho antes de que fuera reeditada. Me sorprendió el descubrimiento de un prosista de ley, y a pesar de las durísima cita que dedica a Luis Cernuda -Luis Arnuda-, el conde logra un retablo excepcional que va del Madrid alfonsino al Madrid jacobino.

Imagino a Foxá en las tertulias de 'La Ballena alegre' con José Antonio, José María Alfaro y Rafael Sánchez Mazas; le imagino en las mesas del salmantino Café Novelty disfrutando de un vermouth con menta, y ahora con la lectura de 'A las orillas del Ladoga', con prólogo ameno y esclarecedor a cargo de Cristóbal Villalobos, le veo como quiso en 'Kaputt' su enemigo íntimo, otra buena prenda, Curzio Malaparte, subido en un trineo, dando saltos de un sitio para otro, resbalando sobre la nieve esmerilada, a buen recaudo tras la línea Mannerheim, bajo un cielo helado y entre caballos con el vientre abierto: «Estos pacifistas -escribió Foxá acerca de los fineses- durante veinte años únicamente han pensado en la guerra». A los lectores sólo nos queda dignificar a un autor ignorado, a pesar de los intentos de recuperación de Trapiello, Siles y Luis Alberto de Cuenca, entre otros.