Orgullo razonable

JOSÉ MARÍA CALLEJA

A los del frente nacionalista catalán y vasco, que conjugan desde hace años sin empacho la hipocresía de saber que jamás ostentaron tanto poder como ahora, gracias a la Constitución española, con la denuncia del sistema que les da el dominio, se une ahora el frente indignado de la derecha, que pide abolir las autonomías después de empezar a cobrar suculentos sueldos gracias a ellas.

Cada constitución tiene su contexto. La de EE UU, fundacional del país; la alemana, producto inexplicable sin la derrota del nazismo, tras la II Guerra Mundial. Todas son hijas de su tiempo, todas, como no puede ser de otro modo; incluída la que eventualmente se hiciera hoy en España, cuyo contexto sería la crisis, el supremacismo nacionalista catalán, la opulencia económica vasca y su corrupción alicuota, los trenes pendientes en Extremadura, la posverdad, la corrupción generalizada y los ultras de derecha (se rompe España, ¡dónde vamos a parar!) que acaban de aflorar, después de tantos años mostrando la puntita nada más del iceberg. La Constitución de hace cuarenta años en España estuvo alanceda por los ultras de la extrema derecha, aquellos que en el 77 y 78 pensaban que la Carta Magna nos llevaba a la República, y por los ultras de la banda terrorista ETA, que asesinaban a troche y moche cada vez que había una seña de avance constitucional. En realidad querían sustituir la dictadura franquista por la dictadura etarra. Igual de totalitarias las dos. Muchos vascos y cierta izquierda española tardaron años en darse cuenta de aquella evidencia.

No es casual que los enemigos de la Constitución entonces, ultras franquistas y ultras etarras, estén ahora en la alineación de los que piden su abolición, braman por la creación del hombre nuevo y dicen eso de que vamos a superar todos los problemas sin contexto alguno. Como si no hubiera miedos ahora, por ejemplo, a perder el trabajo, a no encontrarlo. Ha subrayado el Rey en su discurso ante el Congreso las ideas de reconciliación, entendimiento e integración, que constituyen la clave de la actual Constitución. Lo he dicho mil veces, la potencia democrática de la imagen de Dolores Ibarruri, 'Pasionaria', presidiendo, por edad, la Mesa del Congreso, con Alberti y su chaqueta de solapas multicolores, los abrazos de Carrillo y Suárez. Después de cuarenta años de dictadura, que se inauguró fusilando y se clausuró fusilando, con sus días y sus eternas noches; después de un siglo XIX convulso en el mejor de los casos, llevamos cuarenta años de libertades, cinco planes quinquenales de democracia, que han revolucionado España, la han democratizado, la han convertido en referencia para tantos países. Ocho lustros que nos han dotado de musculatura democrática, sin necesidad de ir al gimnasio. Cuarenta años de libertades de los que debemos sentirnos razonablemente orgullosos.

 

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