Oposición selectividad

Se supone que la selectividad persigue la igualdad de oportunidades y la calidad para que nuestras universidades lleguen a ser más competitivas internacionalmente. ¿Lo consigue? Mucho me temo que ni lo uno ni lo otro

ANTONIO MANUEL ESCÁMEZ PASTRANA
ANTONIO MANUEL ESCÁMEZ PASTRANAProfesor de Biología del IES Mediterráneo de Málaga. exdelegado provincial de Educación en Málaga

Si tras finalizar el curso, se le pregunta a cualquier estudiante de 2.º de Bachillerato cuál ha sido la palabra más repetida, la más odiada, pero a la vez la más atendida, difícilmente alguien no contestará que «selectividad» (o si lo prefieren, con esa nueva nomenclatura que no logrará hacerla desaparecer de nuestro imaginario colectivo: PAU, PEvAU, EBAU).

He sido tutor de 2.º de Bachillerato de Ciencias en un instituto público: el IES Mediterráneo, en la malagueña barriada de El Palo, y les he impartido la asignatura de Biología.

El primer día de clase la pregunta era obligada: ¿qué carrera universitaria queréis estudiar? Mis temores se hicieron realidad: al menos cinco de los alumnos manifestaban que querían Medicina.

Como profesor sabía que no habría tiempo de disfrutar del conocimiento, que sería difícil compartir amor y pasión por una ciencia tan dinámica como la Biología, que me perdería mucho de la madurez intelectual de este alumnado porque apenas habría tiempo para debatir, cuestionarse las cosas y aportar ideas nuevas por muy locas que fuesen. Empezaba una preparación de oposiciones pura y dura, la preparación de la selectividad.

Y lo cuento con una mezcla de alegre orgullo y triste desazón. Orgullo porque la conclusión final es que esos cinco estudiantes de un instituto público, con la inicial mochila llena de inseguridades a principio de curso, han obtenido nota suficiente para hacer la carrera anhelada: Medicina, en la Universidad de Málaga. ¡Qué digo notas!, ¡notazas!: entre 13,845 y 12,712, con sus respectivos dieces o nueves en Biología.

Pero desazón, también, porque el curso ha estado dominado por la preparación para un examen más que para adentrarse en el aprendizaje de la Biología, descartando del proceso muchísimas cuestiones tan enriquecedoras para quien aprende como para quien enseña: actividades prácticas de laboratorio, salidas de campo para la interpretación de fenómenos naturales, diarios de aprendizaje, procesos de evaluación creativos, portfolios individuales, trabajo fin de bachillerato, colaboración con empresas y entidades... Todo lo anterior, ¡fuera!, había que sacar la máxima nota en Biología y para eso más que los temas, es decir, los contenidos –ceñidos estrictamente por supuesto a las indicaciones del Distrito Único Universitario Andaluz–, era fundamental trabajar el tipo de preguntas del modelo de prueba de selectividad. Y así lo hicimos, en una recopilación de todas las preguntas de los exámenes desde el año 1995 hasta la actualidad. Avanzábamos en el contenido y simultáneamente realizábamos decenas, cientos de preguntas, relacionadas con el mismo.

Pero todo esto me ha hecho reflexionar bastante sobre qué estamos haciendo y a dónde vamos, si es que vamos a alguna parte. Por ejemplo. Existe una ebullición actual de metodologías activas basadas en el aprendizaje por competencias en los niveles inferiores e incipientemente en Secundaria, que es testimonial en Bachillerato y que se desvanece cuando se empieza a ver las orejas del lobo de la selectividad. O sea, que todo un revolucionario esfuerzo de innovación educativa al final queda diluido en la preparación de la 'oposición selectividad', con un importante componente de aprendizaje memorístico. Es decir, que se está enseñando como nunca en los niveles previos, para acabar haciendo lo de siempre en los posteriores.

Otro dislate. Las familias apuestan por la formación bilingüe de sus hijos en las etapas iniciales y la Secundaria. Pero una vez en el Bachillerato lo que quieren es una buena preparación para la 'oposición selectividad', y ahí consideran que trabajando en otra lengua ya no alcanzarán una destreza excelente en la expresión escrita en castellano, por lo que abandonan su entusiasmo inicial por el bilingüismo.

¿Y lo de las notas de corte estratosféricas? ¿Acaso será peor médico alguien con vocación, con empatía con los enfermos, con espíritu de sacrificio y formación a lo largo de toda su vida, pero que ha obtenido 12,00 en vez de 12,7 en selectividad? El segundo podrá ser médico. El primero no, a no ser que su familia pueda pagar los hasta 20.000 euros/año de matrícula en una universidad privada. El sistema, todos nosotros como sociedad, está desperdiciando un vocacional talento humano imprescindible. Por cierto, existe otra vía: alumnos míos, sí, malagueños de El Palo, de esos del grupo primero antes descrito, están estudiando Medicina en Eslovaquia y en inglés. Verídico.

Cuestión aparte es lo de quienes obtienen esas notas estratosféricas y consideran, por influencia social y/o familiar, que sería desaprovecharlas si no optan por carreras exigentes como Medicina. Aunque luego les chirríe ejercer como médicos. Sí, este contrasentido también existe.

Y qué decir del desarrollo de la selectividad a nivel nacional. Ni acuerdo de contenidos, ni de fechas, ni de precios, ni de modelo de examen, ni de parámetros de ponderación. Y para colmo surgen errores como los de Extremadura o el examen de Matemáticas andaluz. ¿Tan descabellado sería un examen único y al unísono en toda España?

Se supone que la selectividad persigue la igualdad de oportunidades y la calidad para que nuestras universidades lleguen a ser más competitivas internacionalmente. ¿Lo consigue? Mucho me temo que ni lo uno ni lo otro.

Otra cuestión pendiente, como tantas otras, a revisar y actualizar en éste, nuestro querido país.

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