31 de octubre, Día Mundial de las Ciudades

Junto al requerimiento imprescindible de impulsar la cohesión social, el segundo reto actual de las ciudades debe ser la sostenibilidad ambiental

pedro marín cots
PEDRO MARÍN COTSeEonomista, director del OMAU

En el reciente debate celebrado sobre la Nueva Agenda Urbana Española en las instalaciones del Colegio de Arquitectos de Madrid, Joan Clos, exalcalde de Barcelona y exdirector ejecutivo de ONU-Habitat, señalaba la situación calamitosa en la que se encuentra el medio ambiente no solo a escala planetaria, sino en los propios países desarrollados donde vivimos.

El termino calamitoso era también aplicable al marasmo donde se ha sumergido el planeamiento urbanístico, donde su fracaso más evidente es la incapacidad de frenar un modelo urbano que cada vez se hace más disperso en la ocupación de territorio, y más burocrático, lento y tedioso para resolver los problemas urbanos que aquejan a nuestras ciudades.

En países sudamericanos donde las ciudades han crecido de forma vertiginosa y es difícil reconocer la línea fronteriza entre el suelo urbanizado y el mundo rural admiran la legislación urbanística española, una de las más antiguas de Europa, donde a nivel teórico se produce un reparto ejemplar de los derechos y deberes de los urbanizadores de suelo y de la apropiación de las plusvalías generadas por la comunidad, situación inexistente al otro lado del Atlántico, donde la propiedad del suelo ejerce con escaso control sus prerrogativas.

Pero como en muchas otras situaciones no superamos el nivel teórico con escasa repercusión en la vida real, cada cierto tiempo aparecen novedosas plataformas que llaman nuestra atención. De los Planes Estratégicos y las Agendas 21 iniciados en los años noventa hemos ido pasando a las Nuevas Agendas Urbanas o a los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, cuyo valor práctico es en la mayoría de los casos una entelequia o, como también señalaba Clos, su utilidad no pasa de un lavado de cara por parte del político de turno.

Lo cierto es que las Agendas Urbanas, los OSD o los Planes del Clima sirven en la medida que se quieran utilizar políticamente. La ciudad es una plasmación de la sociedad y si esta tiene conflictos se representan en su modelo urbano, resolviéndolos, limitándolos o dejándolos sin resolver en función de la acción política.

Por ello no hay que sacralizar los nuevos documentos estratégicos, sirven o no sirven en la medida que los queramos utilizar, simplemente.

Sin embargo, los gobiernos locales tienen un nivel de conocimiento de la realidad ciudadana que no se tiene o se desconoce a nivel regional o estatal. La proximidad es un elemento básico para conocer las necesidades locales y en ese sentido un ayuntamiento trabaja de forma mucho más horizontal que una consejería o un ministerio donde un muro separa las competencias de por ejemplo fomento y sanidad o trabajo.

En ese sentido, los gobiernos locales están mucho más adentrados en el siglo XXI que el resto de la encorsetada y obsoleta administración publica, y ello, aunque solo dispongan de un ridículo 15% en la participación del gasto publico, cuando en otras ciudades europeas de referencia se supera el 25%.

Y los retos de la ciudad también se renuevan, aunque a veces no sea fácil y digerible soportar, por ejemplo, los excesos de la masificación turística. Que los precios de la vivienda suban de manera muy rápida muestra que la ciudad está de moda y tiene éxito, si estuviese deprimida nadie se interesaría por comprar o invertir. Es evidente la necesidad de intervenir y limitar el exceso de usos e intensidades en el área central de la ciudad fundamentalmente, pero también lo es la exigencia de crear una oferta sustancial de viviendas públicas, hoy en día inexistente, que facilite el acceso a porcentajes significativos de la población que no tienen capacidad para adquirir viviendas a los precios actuales.

El acceso a la vivienda (en propiedad, pero básicamente en alquiler) es uno de los retos principales de las ciudades y que está estrechamente emparentado con las consecuencias económicas que ha supuesto la recesión económica y el lastre de la desigualdad y el alto nivel de desempleo y precariedad.

En estos días el desempleo afortunadamente ha bajado al 17%, aunque también ha bajado considerablemente el nivel de actividad, básicamente mujeres, pero continuamos con más de un 50% de paro juvenil en algunos barrios, y un grado alto de precariedad en los contratos. El nivel de renta familiar disponible sigue sin superar el 80% de la media nacional y el 65% de la antigua Europa de los 15.

Junto al requerimiento imprescindible de impulsar la cohesión social, el segundo reto actual de las ciudades debe ser la sostenibilidad ambiental. Los efectos devastadores de las lluvias de octubre hubiesen dejado muy malparada a la ciudad si la gota fría hubiese caído sobre Málaga. Ya es una evidencia habitual que el cambio climático ha venido para quedarse. Hemos llegado tarde y poco vamos a poder hacer por mitigarlo, solo medidas urgentes de adaptación podrán evitar las graves consecuencias de inundaciones o sequías.

Porque las características del clima van a ser cada vez más inestables como podemos observar en los últimos años, cuando la vegetación florece o muere fuera de sus periodos habituales, o no podemos bañarnos porque las medusas han ocupado la playa al haber disminuido sensiblemente sus depredadores marinos al tiempo que aumentó la temperatura del agua.

Ciertamente las consecuencias del cambio climático son más complicadas de lo que parecían, tampoco son fáciles las decisiones que hay que tomar para adaptarnos, pero al mismo tiempo es urgente acelerar la adopción de medidas de prevención, al igual que desarrollar planes de emergencia para hacer frente a sus consecuencias, lo que también conocemos con una nueva denominación, Resilencia. Esperemos que no sea una nueva retórica más.