Noviembre

José Miguel Aguilar
JOSÉ MIGUEL AGUILAR

Solo el nacimiento de un hijo o un guiño del destino en forma de azar que riegue de millones la lotería de la vida llegan a impedir la sensación de que el mes de noviembre sea el más feo del año, y con diferencia sobre los demás. Es tétrico, por cómo empieza, lleno de vacíos por las añoradas ausencias de los seres queridos, y por cómo termina, de forma abrupta para dar paso al consumismo más atroz en esta sociedad que gasta lo que no tiene y admira demasiado lo que carece (recuerden, el viernes 30 es la inauguración del alumbrado de calle Larios, una fecha marcada en el calendario que reúne a miles de personas). Ya casi nadie se acuerda de la crisis. Volvemos a refugiarnos en lo fútil. Renunciamos a disfrutar de lo que merece la pena. No hay nada como la elección del coche que te gusta sin importar el bajo precio del modelo en cuestión, o estar solo en momentos en los que el menor ruido causa desasosiego. No digo ya tener la dicha de compartir tu existencia con una persona maravillosa a tu lado. Son esos detalles importantes pero desubicados en la vorágine de la rutina que solo se aprecian cuando te los arrebatan de manera casual o de forma cruel.

Noviembre es taciturno, mustio, gris, gélido y lluvioso. Quizás en una casa de campo con la lumbre de la chimenea en el salón se encuentre un placer que este mes por sí mismo arrebata hasta el sentido. Ayer fue un día doloroso cuando te acuerdas te quien te falta, hoy es el día de los difuntos y este fin de semana hay quien coge fuerzas para cruzar el primer puente que atraviesa el final del año hasta Navidad.

Noviembre hay que vivirlo hasta para llegar a aborrecerlo. No queda otra. Cualquier mes tiene algo que te enamora, o simplemente te extrae una sonrisa. Enero empieza con la ilusión de lo nuevo y la felicidad de los niños con la noche mágica del día 5; febrero suena a carnaval, al disfraz que te pones para ahuyentar los fantasmas que te atosigan; marzo es flor y primavera; abril puede oler a incienso, mientras mayo esparce los rayos de sol que aventuran el verano, cuyas semanas son de asueto continuo. Septiembre solo es malo para aquellos estudiantes que no hicieron los deberes a tiempo, mientras octubre llega agradecido porque apaga las llamas del infierno en el que se está convirtiendo cada año el estío.

Por supuesto, que cada cual tendrá sensaciones propias de estas cuatro semanas, pero mejor no detenerse en la página del almanaque. Noviembre solo deja el recuerdo de una dulce película para verla mejor en diciembre mientras se espera el fin de año con impaciencia.

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