NO TODAS LAS NOTICIAS SON MALAS

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

NI mucho menos. Yo me echaba a temblar cuando oía, generalmente de refilón, porque debo confesar que no presto mayor atención a los noticieros de la televisión, la palabra Marbella. No tengo urgencia por enterarme de nada, estoy cierto que no escaparé, que lo importante me lo machacarán una y otra vez y que a lo menos importante, le vayan dando. A las tres y a las nueve, inexorablemente, aunque sea domingo y agosto, aparece un señor o una pareja, casi siempre los mismos, todos de raza blanca y bien parecidos que se alternan para contarnos que en tal o cual sitio se ha cometido un crimen, violencia de género, abusos sexuales, tráfico de drogas, blanqueo de capitales, que no falte. Que uno de los salvadores de la patria ha hecho tal o cual manifestación muy original. Que un grupo, más o menos numeroso, protesta por algo, porque las pensiones son bajas, qué me van a decir a mí, que la seguridad en el trabajo es insuficiente, que les han salido competidores a los cuales no estaban acostumbrados, que se teme el cierre de una industria, una fábrica que se marcha a otro sitio donde los sueldos son más bajos y los horarios más rigurosos. Que un anciano fue víctima, generalmente ya no actor, de un triste acontecimiento, en fin, que el mundo fue y será una porquería, Santos Discepolo dixit. Que, por cierto, en sus escasos cincuenta años de vida nos regaló piezas inolvidables.

Pues, de repente, súbitamente, que viene siendo lo mismo, nos narran un hecho que protagonizado en esta ciudad, tan zaherida durante décadas, nos devuelve la fe en la humanidad y alienta nuestras ganas de vivir. Un acto de generosidad permanente de los bomberos que se han prestado para solucionar un problema atroz de la madre de un niño inválido que vivía como una princesa de cuento encerrada en una torre. Esta vez, la torre era un cuarto piso sin ascensor. Esta expresión, hoy va de tangos, se usa casi en A media luz, Corrientes 348, segundo piso, ascensor... No era broma la situación en la que se encontraba aquella familia. Las escaleras, incómodas como todas las escaleras, se habían transformado en un valladar infranqueable para la pobre mujer que debía cargar los varios kilos de peso de su retoño, incapaz de moverse por si mismo. Un día y otro transforma esa existencia en un sin vivir. Porque el prisionero no es sólo el inválido sino quien lo cuida. La escolarización pasa a pérdida y qué decir de todo lo que ofrece la calle donde no todo es malo como habría dicho mi abuela. No sé cómo esta lamentable situación llegó a oídos del cuerpo que ha dado un paso adelante. Se turnan sus miembros para recoger al niño, llevarlo a su cole y devolverlo. El pobrecito sonreía feliz en brazos de su porteador a pesar de su destino y no me refiero a su condición sino al sitio al que se le llevaba. Muchos niños, sin pensárselo mucho, dirían que si pudiesen no asistir a clases se irían a vivir a un sitio inalcanzable. Pero nadie, después de reflexionar un poquito, perseveraría en esa ocurrencia.

Es verdad que los bomberos tienen un espíritu de servicio encomiable. Son vocacionales y, aunque cobren por su trabajo, exponen la vida cuando se les llama. Todas sus actividades acarrean peligro, el fuego, evidentemente, pero también el escalar a los árboles y a las plantas elevadas para abrir una puerta o rescatar un gato. En algunos sitios, son voluntarios, no perciben sueldo, trabajan en otra cosa y son llamados esporádicamente cuando son precisos porque, por suerte, los incendios, salvo los forestales, no suceden todos los días. Las malas lenguas dicen que había quien se apuntaba para salir de casa por la noche y volver a altas horas de la madrugada responsabilizando un siniestro y justificando el hálito en una celebración por haberlo dominado satisfactoriamente. Las marcas de carmín eran de más difícil disimulo. Pero aquello no pasaba de ser una canallada. No sé cuánto gana un bombero, me temo que no mucho pero si de algo sirve el reconocimiento y la gratitud, aquí están los míos, sinceros y vehementes.

Por la calle Santiago caminando desde la Plaza Mayor de Valladolid veo venir una tropa de niños jóvenes, uniformados de azul, todos guapos, con una insignia en el pecho que llevaba el nombre de Marbella. Equipo de rugby.

Iban camino del triunfo.