Nosotros y ellos

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Vaya por delante que no quiero que Málaga se convierta en una postal de imágenes artificiales, un decorado de cartón piedra que excluya cualquier rincón que incumpla las insaciables leyes del mercado. Me resisto a que la maquinaria turística devore los restos del naufragio para construir una ciudad de edificios novísimos pero desangelados, capaz de engañar a quienes vengan desde lejos pero desde luego no a quienes ya estábamos aquí. En los últimos años he despedido a más amigos de los que he hecho, obligados a irse en busca de un empleo digno, cuando no de un empleo a secas, y también a mí me duele como una patada a traición la subida prohibitiva de los alquileres que prolonga la adolescencia más allá de los treinta. A veces uno pasea por el Centro, atestado de franquicias, y dan ganas de echarse a la ginebra o la lectura y no regresar ya nunca.

Pero entonces, a punto de cruzar al lado del lamento eterno, reparas en tus futuros compañeros de viaje, profesionales del cabreo a quienes nada les viene bien. Esperan que la Feria adopte formas de salón de té inglés y que la Navidad se celebre en silencio, lejos de los espectáculos de luces que llenan calles, restaurantes y tiendas. Detestan el Festival de Cine porque, oh cielos, hay demasiadas películas comerciales, no como en San Sebastián: «Allí sí que saben». Les incomodan los hoteles, pero también los museos. No hay forma de dar con la tecla. Estos ascetas de manual, dueños de la verdad absoluta, llevan décadas explicándonos cómo comportarnos, a quién recibir, qué ciudad levantar y poco menos que a quién votar, aunque la política, claro, les queda pequeña; ellos están por encima de partidos y elecciones porque la amargura es vitalicia.

Cualquier cosa que ocurra ya la han pronosticado antes, pero no son los únicos con visión de futuro y vaticino su acusación de equidistante. Me gustan las casas vividas, con ropa sobre el sofá, manchas en la encimera y otros pequeños desastres, y desconfío de las habitaciones impolutas donde suena Beethoven y el polvo nunca se acumula. Creo haberlo extrapolado a las ciudades, y en concreto a la nuestra. Por eso, entre el modelo utópico que cacarean los reyes de la queja, con unos pocos turistas adinerados acostándose a las diez de la noche, bares modernos e insonoros que nunca están llenos y museos y salas de cine con obras de culto que nadie ve, entre eso y la realidad, con niños boquiabiertos por los juegos de luces de calle Larios, disculpen que me quede con lo segundo. Aunque haya días que me cueste reconocerlo.

 

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