En el nombre del amor

RAFAEL J. PÉREZ PALLARÉS

Amor es una palabra tan usada como repleta de sentido. Quizá por eso sea tan utilizada y también manipulada. Un día de estos tendremos que pararnos y revisar el sentido y uso de la palabra amor para, de esta manera, llamar a las cosas por su nombre. Y evitar, llegado el caso, que la palabra amor se prostituya; que en el nombre del amor se mate, se manipule o gestionen emociones más o menos turbias.

Amor es palabra honesta que recupera la verdad y la autenticidad del corazón. Logra escuchar el secreto discurso de la vida: es caliente y sentimental; alegre y tierno; cierto y sólido. El amor, al que hace referencia la palabra amor, pone atención a la vida misma, al fuego espiritual que ésta alberga. De hecho, el amor nos dispone a salir de nuestro propio laberinto porque no elude nada y porque busca imparablemente vencer siempre alimentándose de silencios, de lo espiritual, de lo genuinamente humano aunque luego, llegado el momento, grite sus carencias, vacíos y temores. Y es que nadie dijo que amar fuese algo sencillo. Es la evidencia que otorgan los fracasos en materia del corazón y de fe en el amor. Destrozan vidas y arrastran a jirones el corazón de demasiada gente. El amor para toda la vida, sin duda existe, pero hay que alimentarlo a diario, como el fuego de la brasa. Recordando en todo momento que quien ama deja en libertad.

Así que, como no nacemos enseñados, con un manual de instrucciones o un mapa filosófico y práctico que nos indique con claridad cómo amar de verdad unos aprovechan que se han extraviado para encontrar sitios maravillosos, donde nunca hubiesen imaginado que podrían llegar. Y otros, menos afortunados, se dejan llevar por la confusión, la resignación, el fracaso...

Unos y otros, lo único que deben aprender es que venimos a aprender en un terreno tan bello y bonito como es el campo del amor: una ventana al mundo, a la carne e incluso al infierno, que habita en el dolor y el daño, aquí y ahora. El creyente reconoce en Dios la fuente del amor y el prodigio hechizante del amor, que aunque no todo lo resuelve, casi todo lo cura, en especial cuando se cierne sobre nosotros la noche del corazón, que diría Alejandra Pizarnik. Quizá por eso amar es una apuesta radical en el fuego y el juego de la vida.

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