Nicea y Málaga
En el año 325 D.C., el Concilio de Nicea marcó un antes y un después en la historia del cristianismo. Ahora, diecisiete siglos después, ... su legado sigue siendo uno de los pilares fundamentales de la fe católica y de la configuración espiritual, cultural y social de millones de creyentes en todo el mundo. Convocado por el emperador Constantino, el concilio buscó frenar las divisiones internas y ofrecer una formulación unificada de la fe, especialmente en respuesta a la controversia arriana. El resultado fue decisivo: el Credo Niceno, primera gran profesión de fe común, que definió la divinidad de Cristo como Hijo de Dios «engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre».
La importancia de Nicea para el catolicismo no puede subestimarse. Allí nació la estructura doctrinal que permitió una Iglesia coherente y universal; se afianzó la autoridad episcopal; se establecieron bases disciplinares y litúrgicas; y se consolidó una visión cristológica que aún hoy se recita en cada misa dominical. Con Nicea, la Iglesia adquirió una brújula clara para interpretar la figura de Cristo, su papel redentor y su presencia en la vida sacramental de los fieles. Esa herencia, aunque pueda parecer lejana, se proyecta también en la religiosidad popular y en el mundo de las cofradías de Semana Santa, especialmente en regiones como Andalucía y en ciudades y provincias como la nuestra, Málaga. Las hermandades, nacidas siglos después, beben de la teología nicena porque su razón de ser -la memoria viva de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo- se fundamenta en la afirmación central del concilio: la plena divinidad del Crucificado y Resucitado. Sin la definición de Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre, la representación pública de su Pasión perdería su dimensión salvífica. Vamos, que no habría procesiones... Las cofradías, además, encarnan un modo concreto de vivir la fe: comunitario, identitario y catequético. Sus imágenes titulares -Cristo y la Virgen- son, en cierto modo, 'evangelios visuales' que remiten a la misma verdad proclamada en Nicea. Cada estación de penitencia actualiza, en clave popular, ese núcleo doctrinal nacido hace 1700 años. Así, el aniversario del concilio ofrece una oportunidad para redescubrir cómo la tradición, la teología y la devoción se entrelazan y mantienen viva una fe transmitida durante diecisiete siglos. Y no olvidemos que gracias a ese congreso hay imágenes para venerar y Semana Santa para disfrutar, porque como dijo San Agustín, «lo bello lleva hacia Dios».
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