La necesidad del cambio en Formación Profesional

La educación debe tener como objetivo una formación integral del individuo que permita a las personas enfrentarse a una sociedad globalizada y cambiante

PATRICIA SANTOS CAMPOSProfesora

Aprender es más importante que saber porque somos lo que hemos aprendido y porque el conocimiento tiene fecha de caducidad. Lo decía Mario Benedetti: «Cuando nos hemos aprendido las respuestas nos han cambiado las preguntas». Y es que lo que hoy sirve no dura para siempre. La realidad social, científica y tecnológica evoluciona y en consecuencia debe hacerlo la realidad educativa. Porque esa es la función de la educación: preparar a la sociedad del futuro.

Hablamos de preparar a nuestro alumnado para la sociedad del futuro, aunque yo diría también para la sociedad del presente. Y eso nos lleva a preguntarnos ¿cómo es nuestro mundo ahora? Estamos ante una sociedad, la del siglo XXI, que se encuentra inmersa en un sistema globalizado, interconectado, relativo y complejo que cambia con rapidez y une los diversos mercados, sociedades y culturas del mundo. La única constante es el cambio. Estas características nos derivan a la necesidad de que la ciudadanía deba tener una preparación cada vez mayor, que se exija una buena formación cultural, científica y tecnológica, un componente profesional centrado en la alta cualificación y especialización y el desarrollo de valores.

Y esta es la sociedad actual, pero ya se habla de la sociedad del futuro, de la sociedad 4.0. Es lo que han denominado cuarta revolución industrial. Si la primera revolución trajo en 1760 el paso de la producción manual a la mecanizada, la segunda, gracias a la electricidad, permitió la manufactura en masa, la tercera supuso la llegada de la electrónica, la tecnología de la información y las telecomunicaciones, la cuarta revolución industrial supone la automatización total de la manufactura a través de sistemas ciberfísicos. La revolución afectará al mercado de empleo, el futuro del trabajo y desigualdad en ingresos.

Este panorama de avances también tiene su lado negativo. Se estima que esta revolución podría acabar con cinco millones de puestos de trabajo en los 15 países más industrializados. El 85% de los puestos de trabajo del futuro aún no se conocen. Y ante esta situación se estima que sólo se beneficiará a quienes sean capaces de innovar y adaptarse. Es lo que han llamado darwinismo tecnológico. Ser disruptivos es la clave.

Y ante este planteamiento, ¿qué puede hacer la escuela? Yo creo que deben conjugarse dos aspectos. La educación debe tener como objetivo una formación integral del individuo, debe formar en valores (la plena realización personal, ciudadanía activa, cohesión social), esa formación integral que permita a las personas enfrentarse a una sociedad globalizada y cambiante. Porque esos individuos van a formar el futuro de la humanidad y como decía Paulo Freire: «La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo» y debe procurar empleabilidad (que no empleo). La empleabilidad entendida como la capacidad de las personas para acceder a puestos de trabajo en diferentes situaciones.

Y, por tanto, debe partir de las necesidades de la sociedad actual, esos son, a mi parecer, los retos de la educación del siglo XXI. ¿Cuáles son esas necesidades actualmente? El informe Esade 2017 para Infojobs nos ofrece un decálogo donde nos habla de tolerancia a la presión, empatía, proactividad, orientación a resultados, capacidad de trabajar en equipo, capacidad para resolver conflictos y problemas, adaptación al cambio, capacidad de comunicar eficientemente, de tomar decisiones y creatividad. Las empresas, hoy día, buscan valores.

¿Cómo conseguimos el encaje? Desde mi parecer, hemos de partir de esos objetivos e implementar estrategias coherentes con los mismos. Cuando diseñamos aprendizajes tenemos que valorar y analizar qué es lo que deberían aprender, lo que enseñamos y lo que realmente aprenden.

Entre lo que deberían aprender entiendo que debería estar la cooperación ante la competición, el espíritu crítico, la inteligencia emocional, la capacidad de asumir críticas, entender el error como una oportunidad de aprendizaje, desarrollar la creatividad y la resiliencia como herramientas de adaptación y resolución de problemas, aprender a aprender y añadiría a desaprender y a reaprender. Educar a personas que se adentran en un contexto nuevo. Y tenemos suerte porque parece que es lo que el mercado de trabajo está demandando.

Pero ¿qué enseñamos? Cuando estaba en la facultad acudí a una conferencia de un magistrado que dijo una frase que me hizo mucho reflexionar: «No se puede dar lo que no se tiene». Si queremos formar a personas que se adaptan a los cambios, debemos ser su ejemplo. No frustrarnos, entender el error como fuente de aprendizaje, saber gestionar cambios y desarrollar el espíritu crítico. No resistirnos a los cambios, salir de la zona de confort y perder el miedo a equivocarnos. Porque lo que realmente aprenden es a «nosotros y nosotras». «Se enseña más con lo que se hace que con lo que se dice».

Y por último: lo que realmente aprenden. Aprenden a pasar exámenes, a superar las pruebas que les ponemos, porque es instintivo.

Entonces, ¿cómo hacemos que encaje? Yo creo que es necesaria una formación integral del profesorado, una formación técnica acompañada de formación psicopedagógica, de programación neurolingüística y de neuroeducación. Porque nos van a facilitar las herramientas necesarias para adaptarnos a los contextos que encontramos, porque en educación no hay recetas mágicas y porque como decía Francesco Tonucci: «Una nueva educación necesita nuevos docentes que no se limiten a enseñar cómo nos enseñaron». El docente del siglo XXI debe reunir como características la creatividad, la emoción, la capacidad reflexiva, la visión de equipo, la visión innovadora y el compromiso. Ser capaces de despertar el deseo de aprender.

 

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