Nacionalismo en vena

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Cuesta trabajo entender la pervivencia del nacionalismo, sobre todo después de la historia del siglo XX. Y si nos cuesta trabajo entender la pervivencia del nacionalismo de los otros, nos resulta casi imposible entender el nuestro, entre otras razones porque, generalmente, no somos conscientes del mismo, ni lo vemos.

Henri Tajfel, uno de los padres de la moderna psicología social, demostró experimentalmente que, en un juego entre dos grupos, si puedes elegir entre I) dos vacas para tu grupo y dos vacas para el otro grupo; y II), una vaca para tu grupo y una gallina para el otro grupo, generalmente preferirás la opción II. Da igual cómo se formen los grupos, incluso aunque sean grupos formados a cara o cruz, por regla general tendemos a actuar de manera que maximizamos la diferencia entre nuestro grupo y el otro, incluso por encima del interés de nuestro grupo.

Cada vez resulta más claro que la selección natural ha ido dotándonos de sesgos cognitivos que, como en el caso de la formación de grupos, y en palabras del biólogo Edward O. Wilson, tienen el «distintivo del instinto».

Eso sí, conviene tener claro que si bien necesitamos vivir en sociedad para sobrevivir, no estamos condenados al nacionalismo por una maldición genética, aunque sí venimos diseñados de serie con la propensión a construir categorías mentales y hacer grupos con ellas. Los concebollistas y los sincebollistas, sin ir más lejos, a la hora de hacer la tortilla de patatas, son dos categorías fundamentales. Tengo un amigo que sostiene que la diferencia entre unos y otros no solo es en lo que se refiere a la cocina española, sino respecto al buen gusto en general, y que nada mínimamente sofisticado cabe esperar de un sincebollista.

La ventaja de nuestra plasticidad cerebral, que también es genética, es que podemos ampliar los grupos a los que pertenecemos, por ejemplo, de la familia a la nación, y de la nación pequeña a la nación grande. La Unión Europea es un intento bastante exitoso, teniendo en cuenta la dificultad del empeño, de construir un 'nosotros' que una a muchas naciones. El eurobarómetro ha preguntado alguna vez a los europeos si, además de miembros de su país, se ven también como europeos. Un mes antes del referéndum del Brexit, en mayo de 2016, el 62% de los británicos declaraban sentirse únicamente ciudadanos de su país, frente al 28% de los españoles, el 29% de los alemanes y el 32% de los franceses.

Dicen los expertos que para constituirnos como un 'nosotros' tenemos que definir a nuestros 'otros'. Obviamente en el Reino Unido había muchas personas que nos consideraban a las demás europeas y europeos como 'los otros'. Unos meses después del Brexit, en noviembre de 2016, el porcentaje de quienes no se sentían europeos, además de británicos, pasó del 62% al 48%. Por desgracia, a esas alturas, ya era tarde para 'ellos' y para 'nosotros', es decir, para todos. No parece que definirnos como 'otros' al resto de los europeos vaya a hacer más grande al Reino Unido, sino que nos hace más pequeños a todos.

 

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