Mosqueo por malagueñas

En este espigón mío quiero vivir en paz. Un ratito

JESÚS NIETO JURADO

Yo no sé a qué huele el tiempo nuevo que me quieren vender los publicistas pimpollos del cambio político. No sé qué nuevas puede traer mañana el telediario; si se mantendrá el propio telediario o la cosa acabará en propaganda en esa hora crítica -15.00 horas, ¿Ana Blanco?- en que el ajoblanco va convirtiéndose en siesta con el pingüinito a la vera. Hablo del malagueño tipo que es el español tipo y que soy yo mismo, sí, ahora que es verano.

Arrastro mi soltería de autónomo cautivo y desarmado por el espigón. Por pensar, me da por pensar en Gabriel Rufián (que ya son ganas) y en cómo de atrevida y de barriobajera es la ignorancia de no creer en nada con el futuro arreglado. Ay de ese Rufián con un catalán macarrónico que por ventura no parla demasiado.

El tiempo nuevo, 'ajam'. Desde el espigón no tengo noticia que con el astronauta con mando en plaza (Pedro Duque, que anduvo por aquí) vaya a mejorar este estado comatoso de las cosas o se vaya a convertir este erial patrio en Silicon Valley. Es cierto que bajo el paraíso cotidiano la gente va y viene, que la peña consume feliz en esa guerra de precios y espetos que hay al Este del Edén (El Palo), allá donde Málaga se hace levantina y pescadora de nuevo.

Veo que las sombrillas dibujan un tapiz en la Costa feliz, y que ya siendo julio llegarán los hermanos de Córdoba con sus seseos, con sus melones sabrosos, con el 'suave susurro de las servesas' que bebían en las amenas calas de Fuengirola: acaso todo esto de la playa y el pasar el tiempo al sol me reconcilie con los compatriotas de la clase media-baja. Por los que nadie -nos- hará nada.

Hay que olvidarse un rato del acercamiento de golpistas a la tierra de la Moreneta, de las palmaditas a los etarras, y de un presente que tiende a sangre en cuantito que se mira este mar sangriento y ajeno a que el 'Gobierno bonito' quiera una foto con los exiliados en los huesos. Se ve que los terrales de estos días han acechado por la noche, pervirtiendo el sueño y casi que llevando al malagueño al delirio. A veces, en estas noches de junio/julio, surge una neblina que emborrona desde mi espigón las altas torres de la Malagueta. Ya ni el fútbol nos sirve de bálsamo de rato y birra. Pero quedan infinitos días de verano que uno aprovecha por desconectar de tanta inmundicia intelectual.

Conviene que la ciudad, motor necesario de la España feliz y marinera, crucerista y en expansión, no se olvide de lo que pasa cuando deja de verse el mar y el campo se pone amarillo. Por eso escribo estas cantigas cabreadas de julio, porque las vacaciones son para el verano, y en este espigón mío quiero vivir en paz. Ya habrá tiempo para la rosa y el látigo. Hago mías las palabras de Javier Recio en este periódico sobre lo único bueno que nos va quedando en el descalzaperros hispano: el clima, ese clima que es magnífico «porque aún no depende de las instituciones».

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