Morir a cinco metros de la vida
LUIS UTRILLA NAVARRO. PRESIDENTE PROVINCIAL DE CRUZ ROJA
Domingo, 13 de julio 2025, 02:00
Si las imágenes del naufragio de la isla de El Hierro el pasado 28 de mayo, en el que murieron siete mujeres, formaran parte de ... una película de ficción, seguro que no serían recomendables para niños ni adolescentes. Y si esa misma película contara el sufrimiento y el horror que sus ocupantes habían vivido en los más de dos meses de viaje y más de 2.500 kilómetros recorridos, seguro que más de la mitad de los telespectadores tendrían los ojos humedecidos por las lágrimas ante tan trágico final.
Pero no. No se trata de una película de ficción. Es la vida real. Las cuatro mujeres y las tres niñas fallecidas, una de 15 y dos de 5 años, eran reales, como tú o como yo. Y el sufrimiento de su periplo hasta el puerto de La Restinga no pertenece a ninguna serie televisiva. Salieron de cualquiera de los poblados que se encuentran dispersos en el semi desierto de Mali, un país con una extensión de algo más de dos veces España. Donde la poca comida que tenían era robada, permanentemente, por cualquiera de las guerrillas o las fuerzas gubernamentales que han protagonizado los tres golpes de Estado de la última década.
Con una esperanza de vida que no llega a los 50 años y una de las mayores tasas de mortalidad infantil, un alto porcentaje de los malienses no disponen de agua corriente ni de electricidad y las escuelas y los centros sanitarios son lujos al alcance de unos pocos. Es por eso que querer salir de ese infierno para alcanzar el paraíso europeo, se ha convertido en un objetivo para muchas de las familias de Mali.
En el primer trayecto de casi mil kilómetros y varias semanas de recorrido desde su aldea hasta la frontera con Senegal, una distancia similar a la de Málaga a Barcelona, en camionetas destartaladas y en muchos tramos a pie, sufrieron las primeras agresiones y robos de las pocas pertenencias que arrastraban con ellos.
Desde la frontera senegalesa, ahora en un país extranjero, las mafias fueron las encargadas de transportarlos hasta la costa atlántica, en un trayecto en el que el abuso se convirtió en moneda de cambio para poder seguir su camino. En los suburbios de la ciudad de San Luis de Senegal el primer paso fue contactar con las mafias para el transporte marítimo. Mientras tanto, en las dos o tres semanas de espera, las mujeres y niños malienses vivieron en condiciones infrahumanas, durmiendo en las calles, y recogiendo comida de la basura.
Tras abonar en torno a 600 euros por persona, esperaron la llamada de las mafias para subir a un cayuco en medio de la noche. La mayoría de ellos no ha visto nunca el mar, y por supuesto muy pocos sabían nadar. Hacinados en un grupo de más de un centenar de migrantes, ninguno sabía dónde estaba Canarias, ni los peligros a los que se enfrentaban en los más de 1.500 kilómetros que los separaban de su destino. En la semana que duró la navegación, los alimentos y el agua potable fueron escaseando, mientras las olas fueron inundando el cayuco, formando una mezcla con el combustible del motor que quemaba la piel de sus ocupantes. Unos días en los que cualquier tipo de intimidad para las mujeres, incluso para poder llevar a cabo sus necesidades fisiológicas, fue totalmente imposible.
Y si los días estaban llenos de zozobra y miedos, la noche en medio del Atlántico, en plena oscuridad, se convirtió en tenebrosa y aterradora ante el balanceo de las olas. A los que consiguen llegar a las inmediaciones de las islas Canarias sólo les queda esperar a que el barco de Salvamento Marítimo sea capaz de encontrarlos, como una pequeña mota en medio del océano. No siempre ocurre, y más de 10.000 personas mueren cada año perdidos entre las olas.
En esta ocasión les encontraron. Y el 'Salvamar Diphda' pudo llegar hasta ellos. Con sus 22 metros de eslora es algo mayor que el cayuco, y cuenta con una tripulación de apenas media docena de profesionales que, tras localizar a los emigrantes, realizaron las maniobras de acercamiento y amarre, y les suministraron la primera ayuda en forma de agua potable. Al entrar en el puerto de La Restinga el corazón de los migrantes latía con la ilusión de haber llegado a su destino, especialmente al ver los chalecos de los miembros de Cruz Roja que les esperaban. Amarrados al dique, apenas separados de tierra firme por los cinco metros de la manga del Salvamar, ocurrió la tragedia. Inestabilizada la embarcación por la angustia de los que querían subir a tierra, la frágil barca volcó, atrapando a más de un centenar de personas bajo ella que luchaban desesperadamente por respirar. A pesar del esfuerzo de decenas de voluntarios, del personal del puerto y de los marineros de otras embarcaciones, las más débiles no pudieron salir. Han pasado varias semanas desde entonces. En sus aldeas de origen quizás sigan esperando noticias suyas ajenos a su muerte. Aquí, tras un lacónico funeral, nadie las echará de menos, ni llevará flores a su tumba.
Las cuatro mujeres y tres niñas que han muerto en La Restinga no pudieron alcanzar el paraíso soñado. Sus sueños e ilusiones desaparecieron a menos de cinco metros de la vida.
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