Migas y bollos

Sus presuntos oponentes o cómplices en las negociaciones guardan la misma circunspección.

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

«Un manto de silencio y de misterio cubre las negociaciones...» Así iniciaba ayer su crónica política ese lujo periodístico de la vieja escuela que es Antonio M. Romero. Se refería Romero a las enigmáticas conversaciones que mantienen el PP y Ciudadanos alrededor del gobierno municipal. En contraste con lo que fue el postparto electoral de 2105, Juan Cassá permanece en las sombras haciendo bueno el tono secretista de Romero. Entonces, en 2015, Cassá, revelación de los nuevos tiempos y las nuevas políticas, pecó de ingenuo, hizo unas entrevistas de corte naif y se soñó alcalde por un día. La luz y los taquígrafos lo acompañaban a todas partes, los convirtió en los banderilleros de su rutilante cuadrilla.

Ahora trabaja detrás de las cortinas. Los periodistas se ven obligados a seguir sus huellas como detectives. Sus presuntos oponentes o cómplices en las negociaciones guardan la misma circunspección. De la Torre habla sin hablar y Dani Pérez, después de un ilusionante espejismo en la noche electoral, prepara su mochila para cuatro años de oposición que pueden ser decisivos en su carrera política. De lo que se desprende por los hilos informativos y los rastros de esas negociaciones, Ciudadanos aspira a dirigir las concejalías de Turismo, Empleo, Cultura y Deportes. Mucho brillo. Y mucha responsabilidad. La imagen de la ciudad se ha basado últimamente en algunos de esos pilares. Turismo y Cultura unidos. No sabe uno si habrá que santiguarse si la cesión de ese buque insignia del PP se confirma. Una de las primeras exigencias de Cassá, con ultimátum incluido, en la anterior legislatura fue la «extinción» del Instituto Municipal del Libro. Un requerimiento del que al parecer, posteriormente se arrepintió, cuando ya su esfuerzo aniquilador no tenía marcha atrás y con los cascotes del IML no se podía fabricar otra cosa más que melancolía.

Aprendizaje, cambalache o evolución. Cada cual lo verá como quiera. En cualquier caso es un fénomeno común en esta primavera tardía. El mapa de España es un puzzle en el que unos y otros intercambian colores, cromos o cargos. Desde el último municipio al Gobierno de la nación, donde ahora han descubierto una nueva fórmula de gobierno cooperativo. Un gobierno de cooperación, que de momento nadie sabe lo que es exactamente. Algo que no es cerrado, una cosa abierta, novedosa, nos dice la portavoz socialista, tratando de describir el invento del mismo modo que un párvulo explicaría la relación tiempo-espacio en la teoría de la relatividad. Un misterio. Otro más. Y puestos a hacer literatura ahí está la recuperación de un género clásico, la picaresca, por parte de Pablo Iglesias para quien parece que ya no existe la casta, ni aquel oprobioso «régimen del 78» allanador de todas las igualdades y todos los derechos. Ya es sombra de régimen, carne integrante del aparato que nos recuerda a aquel personaje del Lazarillo, un noble que se esparcía migas de pan por la barba para aparentar hartazgo y disimular el hambre. No migas, sino bollos y panes enteros debería espolvorearse Iglesias por la perilla para encubrir tanta hambre como lleva en el cuerpo.