Mejor el silencio

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

He de admitir la desazón que me han producido ciertos encontronazos que he mantenido con gente más o menos conocida a propósito de la agitación política de la última semana. No por el debate, que siempre es rico, sino por el tono faltón y la agresividad que me han hecho plantearme si, a veces, no es mejor el silencio: evitar el combate cuando el otro no es que no escuche, sino que no está dispuesto a hacerlo. He de confesar que algunos han acabado bloqueados en mis redes sociales porque rayaron, cuando no pasaron, la línea roja del respeto y el 'fairplay'. Porque es cierto que esto del Facebook y del Twitter es, a menudo, escenario de la nueva 'kale borroka' dialéctica. Esto se nos ha llenado de pontificadores que saben de todo, hasta de ti aunque no conozcan más que una faceta de tu vida.

Y como en este país, por no leer no leemos ni nuestra propia Historia, aquí funcionamos por etiquetas. O eres de derechas, ultracatólico y taurino o eres de izquierdas, ateo y animalista. Sin matices. No puedes criticar nada porque eso significa que estás al otro lado y entonces te machacan. Si reprochas la corrupción generalizada del PP, te revientan por 'podemita'. Si cuestionas la coherencia de Pablo Iglesias con su chalé de millonarios o pones de relieve que Echenique no permite una asamblea en Andalucía para confluir con IU es que eres más facha que Millán Astray. Eso es España. Y lo desconcertante es que la vigencia de ese guerracivilismo y de ese odio certifica que no hemos evolucionado nada en ochenta años. Que seguimos instalados en ese maniqueísmo de estas conmigo o contra mí tan español, tan nuestro.

Tuve un padre que creció en el franquismo y que encajó con las coordenadas del tiempo que le tocó vivir. Pero desde una cultura que le salía por los poros y desde la curiosidad que alimentaba constantemente ese bagaje también supo inculcarnos que aquello no era válido para nuestra generación, que tendríamos que ser nosotros quienes resolviéramos nuestras propias preguntas e interpretáramos nuestro momento a fuerza de ensanchar el conocimiento, de despejar la claridad del horizonte, de cualquier horizonte.

Por eso es descorazonador que compañeros que tuve en el colegio piensen, hablen y se pronuncien como lo hicieron sus abuelos. Que personas con las que coincidí en algún momento de mi vida se expresen como si aún estuvieran en algunos de los bandos del 36. A menudo le he leído a Pérez-Reverte que a España le faltó una Revolución Francesa. Y puede que tenga razón. Quizá hubiéramos necesitado eso, sacar una guillotina y dar tajo a un pasado que nos pesa aún como una losa. Porque seguimos en el bucle del Concilio de Trento y del espejismo imperial del que nos despertaron a guantazos a finales del XIX. Pero, en fin, qué quieren que les diga. Mejor me callo.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos