La mejor propaganda

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Decía el viejo periodista Juan Teba que hay tres profesiones universales que conservan los mismos rasgos en cualquier rincón del planeta. Periodista, policía y taxista. No es ninguna tontería, como nada de lo que dijo aquel buen gacetillero. No es o, quizás habría que decir, no era una tontería. Ahora, si Teba abriera un ojo y echase un vistazo al panorama, no tardaría en añadir algunos matices. Los periodistas hacen juegos malabares diversificando sus habilidades multimedias. Pero, en el fondo, por muchas redes, tecnologías e impedimentas que haya por medio, los periodistas de raza llevan en la sangre el mismo veneno y la misma estirpe que sus antepasados. Los policías conviven con las seguridades privadas y ese celofán barato en el que va envuelto lo políticamente correcto. Hacen lo que pueden. Y los taxistas, bueno, ahí están. Ocupando las calles y atorando las ciudades precisamente para conservar su rancia esencia.

Aquel triángulo de Juan Teba estaba construido con los elementos románticos del viejo cine en blanco y negro, con el mundo de la noche, las rotativas, los cierres de madrugada, los viejos bares en los que periodistas, confidentes y policías remataban la jornada jugando a medias con el desengaño y la pasión. Quedaba la última copa y el último trayecto en taxi, ese confesionario rodante con el que se clausuraba el día, es decir, con el que se inauguraba el siguiente. La vieja rueda. De ese mundo sólo queda un poco de literatura negra y un blanco y negro con olor a naftalina y melancolía. El mundo del taxi no lo entiende ni lo quiere entender. Entre otras cosas porque las cuentas no le cuadran. Es más, el blanco y negro, las noches y las nostalgias se las puede meter uno por donde le quepan. Lo que queda y lo que importa es la pasta, como nos decía ayer Daniel Jiménez al echar el cierre del Onda Pasadena. Otro clásico, otra profesión, camarero, que Teba podría haber incluido en su particular parnaso.

No. No pueden ir los taxistas contra el tiempo. Y menos tomando como rehén a una ciudadanía que ve calles y carreteras cortadas, servicios interrumpidos sin apenas previo aviso como ocurrió el pasado viernes en Málaga. Esa noche, en la estación María Zambrano, taxistas sonrientes, ufanos, iban comunicando a los desorientados viajeros que llegaban en Ave: Huelga, no hay taxi. No se le ocurre a uno mejor propaganda para Uber o Cabify. Y no se le ocurre a uno más populismo que el de algunos políticos que salen a defender al gremio del taxi como único representante de la clase obrera. Como si los conductores de las VTC fueran marqueses. Como si los empresarios que acumulan licencias de taxis fuesen mineros trabajando a destajo por un jornal de miseria. Como si no hubiera habido privilegios, especulación y explotación por parte de esos empresarios. Hay de todo, la razón no es monolítica. Algunos viejos románticos al estilo de Juan Teba se deleitaban con el blanco y negro. Otros son bastante más radicales. O blanco o negro.

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