Medusas en adobo

Las sardinas se comen las medusas: boquerones al poder

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Al igual que ocurre con algunos humanos, hay muchos animales que producen fobia o sensación de rechazo proporcional a su belleza. Especies que resultan preciosas pero punzantes, en el caso de las medusas además listas, muy listas si tenemos en cuenta que no tienen sistema nervioso ni cerebro, pero básicas porque están dotadas con lo justito para comer y reproducirse, dejando claro que en la mayoría de las existencias no hay otra cosa más importante que sobrevivir. Para algunas personas estos bichos resultan repugnantes. Su textura gelatinosa les agobia. Rechazan la superficialidad de su condición pelágica, les reprochan atormentarnos el primer baño del verano. A mí sin embargo me parecen bellísimas y con cualidades que admiro mucho en cualquier individuo, como la condición de ir permanentemente a la deriva sumada a una indiscutible preparación innata para el ritmo.

Con las medusas pasa lo mismo que con las guerras o con las grandes catástrofes, que preferimos verlas por la tele. Preferimos que pase lejos de casa. Estos días hemos visto unos vídeos espeluznantes que ilustran la llegada de enjambres de medusas a nuestras costas; eso sí que es una invasión, aquello sí que era una marea. La sola idea de verte atrapado en ese amasijo de medusas remezcladas con la nata produce no ya escalofríos, sino auténticos latigazos de electricidad. Llevaremos ya incautadas unas veinte toneladas de medusas. En la playa las recogen con tractores. Todo aparece aquí superlativo. Tenemos miedo a que se queden ahí, o que nos pidan asilo. Los especialistas dicen que no hay por qué preocuparse; lo que no saben es que lo que de verdad nos aterra es que hayamos entrado en el terreno de lo imprevisible, si es que no nos aseguran que no lo dejamos atrás hace mucho tiempo.

Alguien ha dicho que tenemos que hacer como en los países orientales y comérnoslas. Que en los chiringuitos solo veamos medusas en el menú. Que sirvamos medusas fritas, a la plancha, en adobo, al pil-pil. Medusas asustadas. Medusas a la pepitoria. Medusas a la Pantoja. Lástima que la especie que nos acecha resulte tan tóxica que no bastaría con darles un hervor; en caso contrario ya habría salido la concejala de Playas con una receta resplandeciente: puchero de medusas en La Malagueta. El PP, por cierto, ha tardado pocas horas en echárselas a la cara de la Junta: esperamos que actúen con celeridad. Entonces se me vino a la cabeza aquella imagen de un político con chaqueta arrojando a una pobre tortuga gigante por un espigón en un gesto violento e inútil. Estas medusas son de las 'Pelagia noctiluca', un nombre como de un bar de ambiente en la antigua Grecia, y no son especialmente bonitas. Seres que reivindican su utilidad en este ecosistema que se ha llevado a tantas especies por delante. Lo más divertido de todo es que las sardinas se comen las medusas. Hacen falta más boquerones. Boquerones al poder.

 

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