Una medicina sin médicos

Nuestros médicos necesitan más tiempo para escuchar, para observar, para decir con acierto esa palabra que llega directa al corazón del paciente y que empieza a curar desde que se pronuncia

Una medicina sin médicos
José María Porta Tovar
JOSÉ MARÍA PORTA TOVARPsiquiatra

La era de la robótica está cambiando el mundo a un ritmo vertiginoso. Hoy día hay miles de artefactos, los drones, que atraviesan nuestro cielo guiados simplemente a distancia. También se están concluyendo los últimos ensayos para comercializar los coches sin conductor y nuestros hospitales aplican sofisticados equipos de robótica para conseguir el diagnóstico y tratamiento de sus pacientes.

«¿Es esto malo, acaso?», sería la pregunta. Y, lógicamente, responderíamos que no. Todo al contrario: Es algo encomiable y maravilloso, siempre y cuando su uso sea el adecuado. Será bueno si viene a perfeccionar o a completar la acción del hombre. Será malo si pretende sustituir su intervención en tareas que requieren sensibilidad, espontaneidad y empatía.

Hablando de salud, me pregunto yo: ¿No estaremos allanando el camino hacia una medicina hecha de rígidos protocolos, de diagnósticos y tratamientos automatizados, en que el médico quede reducido a simple ejecutor de un programa ya diseñado antes de conocer siquiera la cara de su paciente? ¿No estaremos allanado el camino hacia una medicina sin médicos?

La verdad es que esta pregunta me la vengo haciendo yo hace ya muchos años, pero, particularmente, desde que empezaron los recortes en Sanidad. Porque, no me cabe la menor duda que su principal recorte ha sido el de la plantilla de personal y no tanto el del resto de los recursos disponibles. Y esto está afectando a la línea de flotación de nuestro magnífico 'Titanic Sanitario'.

Esto no es una ocurrencia delirante, como diríamos los psiquiatras. Esto es la realidad que constatamos médicos y pacientes todos los días. Y lo sufrimos los dos, cada uno a su manera. Porque no es posible que un médico tenga que ver a un paciente en cinco minutos y deba hacer en ese tiempo una historia clínica, un diagnóstico acertado y un tratamiento correcto.

Pero es el paciente el que suele llevar la peor parte: Sale de la consulta confuso y, sobre todo, insatisfecho, preguntándose si se habrá explicado bien, si no habrá olvidado algo importante y si su problema tiene una solución fácil o difícil. Preguntas que el paciente irá a plantear a su primo o a su vecino médico.

En resumen, que deberíamos preguntarnos qué está fallando aquí. Porque no podemos echarle la culpa a la robótica, cuando nos resuelve problemas tan importantes como los resultados de los Análisis, de la Radiografía, de la Ecografía, del TAC o de la Biopsia. Y tampoco podemos echarle la culpa al médico, que ha seguido fielmente el protocolo establecido.

Definitivamente, lo que está fallando aquí es el 'sistema'. Ese sistema que otorga cinco minutos a una consulta, que exige tantas intervenciones en tan pocas horas, que ha despojado a sus médicos del 50% de su poder curativo que representa la 'palabra'. Porque nadie me negará que una buena palabra vale la mitad de una buena consulta. Y de esa palabra sincera e inteligente, de esa palabra de confianza y aliento, depende el éxito o el fracaso del mejor de nuestros médicos. Como recordaba el gran sabio español Laín Entralgo, cuando decía: «Escuchando las palabras del paciente, el médico tiene ya hecho la mitad de su diagnóstico».

Porque el enfermo sale a veces de la consulta con un montón de informes y análisis que apenas entiende. Entre otras cosas porque están sembrados de siglas y cifras desconocidas para él y sospechosas. Así que, llegado a su casa, se sienta y repasa ese cúmulo de sensaciones que ha tenido en la consulta: «El médico ha mirado a la enfermera, preocupado». «El médico no parecía estar de acuerdo con el análisis». «El médico decía a su ayudante que había varias posibilidades y no parecía estar muy seguro». Y así va acumulando dudas, zozobra y angustia.

En otros casos, –yo me atrevería a decir que en la mayoría– el enfermo sale reconfortado: Después de la consulta «Parece que ya le duele menos, o que ve mejor, o que le ha bajado la tensión o que ha recuperado el apetito». ¿Y cuál ha sido la diferencia? Que el médico le ha saludado con una sonrisa, que le ha escuchado con atención, que se acordaba de él y de su hijo, que le ha explicado lo que es un pólipo, que le ha dicho que tenía que operarse pero que tenía un corazón musculoso y fuerte y que aquello lo iba a superar fácilmente. Y el paciente se ha ido a su casa reconfortado. Pero eso requiere tiempo. Y me temo que el médico pueda ser advertido por el sistema de haber sobrepasado los límites asignados.

Pero, volviendo al título de este artículo, deberíamos preguntarnos: ¿De verdad es posible una medicina robotizada, una medicina sin médicos? ¡Amigos, esto es impensable! El hombre es una criatura de cuerpo y alma. Cualquiera que sea el sentido que queramos darle a estas palabras. Y al alma debe aplicarse esa otra mitad de la medicina que a menudo olvidamos. Especialmente el 'sistema'.

Nuestros médicos necesitan más tiempo para escuchar, para observar, para decir con acierto esa palabra que llega directa al corazón del paciente y que empieza a curar desde el momento mismo en que se pronuncia. Pero esa palabra nos ha sido secuestrada en aras de la 'productividad', curiosamente medida en coloridos diseños y sofisticados informes.

Nuestros médicos se van de España porque, al parecer, aquí no hay suficiente trabajo. O porque resulta más rentable sustituirlos por equipos de cálculo informático. ¿Y quién se hará cargo del corazón de nuestros pacientes? ¿De esos que necesitan esa palabra para aliviar su angustia?

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