MARBELLÍES EN LAS CAMPAÑAS DE MENDOZA

LA EXPEDICIÓN DEL PRIMER FUNDADOR DE BUENOS AIRES FRACASÓ POR EL HAMBRE Y LA HOSTILIDAD DE LOS ABORÍGENES

CATALINA URBANEJA ORTIZ

Cuando el 24 de agosto de 1535 Pedro de Mendoza partió hacia la conquista del Río de la Plata, le acompañaban al menos veinte vecinos de Marbella, ciudadanos anónimos en su mayor parte de los que tan solo conocemos las filiaciones que declararon ante los funcionarios de la Casa de la Contratación de Sevilla.

Mención especial merece su hermano Diego, almirante que vivía en Marbella debido a su matrimonio con Francisca de Villafañe. A sus cincuenta años era considerado «persona muy ábil y de tanta prudencia y expirencia» que podría sustituir a su hermano ante cualquier adversidad. Su presencia en esta expedición supuso un alivio para las autoridades, temerosas de que la enfermedad de Pedro frenara sus proyectos, aunque «a Dios gracias ya está sano y el mismo hermano va con él», informaron al rey.

Integraban este contingente su cuñado, Sancho del Campo, capitán «de mi nao de Sant Antón», natural y residente en Marbella; dos sobrinos carnales: Pedro y Luis de Benavides; Pedro Ruiz Galán, administrador de sus bienes en Guadix; Juan de Ayolas, un joven en quien depositaría su confianza tras la muerte de Diego; diez personajes de alto rango y el cronista alemán Ulrich Schmidl, embarcado con ochenta alemanes y neerlandeses en un navío con mercancías.

Las personas más cercanas a Pedro de Mendoza eran de Marbella

Todo un despliegue de personalidades, soldados y bastimentos suficientes para soportar la larga travesía y las primeras jornadas en tierra firme. Sin embargo, no tardaron en aparecer los inconvenientes pues, además del agravamiento de la sífilis que le forzó a permanecer en la cama y de sofocar un intento de motín, un fuerte temporal acabó con parte de las provisiones, siendo este el primero de los muchos contratiempos que marcarían la estancia de los Mendoza en la gobernación del Río de la Plata.

Después de poblar Buenos Aires, don Pedro mandó repartir los víveres que les quedaban entre las mil ochocientas personas de su disminuida armada: seis onzas de bizcocho que complementarían con lo que encontraran por los campos. Escasa ración para quienes debían ejercer múltiples ocupaciones: acondicionar la nueva ciudad, hacer guardias, resistir el crudo invierno y soportar el mal trato que el gobernador les dispensaba. Un compendio de adversidades que hizo mella en los españoles, de tal forma que «comenzó la gente a la flaqueza y morir» por falta de subsistencias debido a que, «en más de sesenta leguas no ay indios que sean amigos si no son unos que llaman enoqas, indios caribes, que comen carne umana».

Consciente del hambre, de las necesidades de su tropa y de las limitaciones que su propia enfermedad le imponía, envió a su hermano a buscar abastecimientos entre los nativos. Diego compuso una expedición de trescientos hombres, pero quiso la suerte que se toparan con los querandíes, pueblo que habitaba en la margen derecha del Paraná. Según uno de sus componentes, Gregorio de Acosta, se desató una fuerte lucha «sobre los hazer bolber, en tal manera que ovieron de venir a las manos. Y como los cristianos estuviesen flacos y los indios fuesen pláticos en su tierra, diéronse tan buena maña que mataron a don Diego de Mendoça y a Pedro de Benavides, su sobrino». Del choque resultó un considerable número de heridos de ambos bandos, «y si no fuera por la infantería que venía, que los socorrió, todos quedarían en el campo por ser como heran los indios tan ligeros y tan diestros en matar lo caballos con bolas que traían».

Ante tal desastre, el gobernador mandó a Juan de Ayolas a buscar comida río arriba con tres navíos, misión en la que «murieron casi çien ombres de pura hambre» y si algunos lograron supervivir, fue gracias a la ayuda prestada por los tombas, que se compadecieron al verlos tan famélicos. De regreso al fuerte hallaron a sus compañeros tan débiles que ni siquiera habían podido enterrar a los muertos, es más, «a otros, de aberse tan hambrientos, les aconteçio comer carne umana y así se vido que hasta dos ombres que hizieron justicia se comieron de la çintura para abaxo».

Desesperado por tantas dificultades y las luchas con los nativos, don Pedro pidió auxilio a España, pero la ayuda se frenó al conocerse su muerte y sólo tras largas deliberaciones enviaron a dos mercaderes «con armas, bastimentos, mercaderías y cosas para resgatar» con los nativos.

Hasta su fallecimiento en alta mar el 23 de junio de 1537, don Pedro de Mendoza costeó desde la Cananea a la boca del Río de la Plata; descubrió los puertos de San Francisco y Patos; la isla de Santa Catalina; fundó la ciudad de Buenos Aires y, a instancias suyas, Juan de Ayolas construyó el fuerte del Corpus Christi en la desembocadura del río Carcañá, cerca del desaparecido Sant Spiritus que erigiera en 1527 Sebastián Caboto.