Manuel Alcántara

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Albert Camus dejó escrito en sus cuadernos una reflexión sobre su pasado, sobre aquel niño huérfano que debió aprender tantas lenguas. No se refería Camus al aprendizaje de idiomas diferentes, sino al uso del francés en tan distintos estratos sociales y culturales como los que tuvo que atravesar a lo largo de su vida. Desde la lengua directa y desnuda empleada con su madre analfabeta en Argelia a la que usaría con la crema intelectual de París veinte años después. Del mismo modo, uno se pregunta por las diferentes lenguas de Manuel Alcántara. Por el idioma usado por aquel niño de posguerra en una Málaga lacerada y sombría. Ese lenguaje, mitad de la selva, mitad ingenuo, de la infancia. El filo vivo de la navaja y los afectos dejando paso a otras lenguas. El primer destello de un idioma insondable, el de la poesía. Los susurros internos, como pasos en una callejuela oscura, que descubriría dentro de sí mismo y alumbrarían los primeros versos.

David Lynch afirmó que las palabras tienen textura. Claro. Alcántara podría haberlo dicho, o no. Tampoco hay que dar demasiadas explicaciones sobre el oficio de escribir y su cocina. Pero lo haya enunciado o no, Manuel Alcántara sabe que las palabras tienen piel, respiración y alma. Conoce a Quevedo a la perfección. Con eso debería estar dicho todo. Es capaz de recitarlo de memoria. Los idiomas, las lenguas de Alcántara son múltiples. El lenguaje del ring y el lenguaje de aquel Madrid de claroscuros de los años cincuenta, cuando el Gijón era una catedral con gallinas en el atrio y escribir era un reto al hambre, una subversión por mucho que uno llevase el bigote dibujado con tiralíneas.

Polleros, poetas, noctámbulos, simbolistas con olor a corral y surrealistas de segunda y menguada generación. Todas esas lenguas, todos esos caminos desembocan en un río que se llama Manuel Alcántara. En alguien que habla y domina todos esos dialectos. Y que cada día, desde hace una eternidad, los comprime y los realza en un folio y medio. La mecánica de la Olivetti convertida en traductora del talento, del pulso y la piel de un idioma. El domador Alcántara y su látigo, el de la ironía. Ese ramal de la inteligencia. Ahora le han concedido la corona de los pesos pesados de la literatura andaluza. Góngoras y machados, garciabaenas y mariazambranos le han precedido en esa gloria anual. Se la otorgan a él y también al periodismo como género literario, que lo es. Lo es cuando el que escribe para el periódico, sea desde la sección que sea -posiblemente salvo quienes vuelcan la cartelera o las farmacias de guardia-, da fe de las lenguas que conoce, de ese cúmulo de emociones, texturas y conexiones misteriosas que tienen las palabras. Manuel Alcántara, el niño de posguerra, el trotamundos y el viajero inmóvil, acodado en un esquina de ese ring violento y piadoso que es la página en blanco, lo cumple cada día. Y cada día le arranca el milagro, la nota mágica, al piano pobre de su Olivetti.

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