España, frente al espejo del 25N
La violencia contra las mujeres es tan evidente que cualquier atisbo de negacionismo debe ser respondido con contundencia, lo que no impide reclamar el consenso sobre el feminismo desbaratado desde hace años
Hay cosas tan evidentes que resulta absurdo negarlas o tan siquiera ponerlas en duda. Una de ellas es la existencia de la violencia contra las ... mujeres, la peor muestra posible de machismo enraizado en nuestra sociedad desde que el mundo es mundo. En estos tiempos, nadie en su sano juicio puede poner en duda que este maltrato, sea físico, psicológico, sexual, económico, laboral, vicario o, en estos tiempos, también digital, es un problema estructural que hay que combatir de todas las formas posibles, empezando por el reconocimiento del problema y bajo el llamamiento global a prevenir, denunciar y erradicar cualquier forma de agresión. Hoy mismo, aquí, amanecemos desgarrados por la muerte en Rincón de la Victoria ayer de una mujer de 60 años a manos de su expareja, que acabó detenido.
Y basta echar una mirada al mundo que nos rodea para comprobar la cantidad de países en los que este problema no sólo se perpetúa sino que, incluso, se agrava hasta niveles espeluznantes. Afganistán, Somalia, Siria, India, Yemen, Pakistán, Honduras o Nigeria son algunos de estos infiernos en los que este maltrato criminal está institucionalizado. Se trata de discriminar y someter a la mujer y privarla de los derechos y servicios más básicos y esenciales.
Es un problema global con diferentes magnitudes al que hay que enfrentarse desde una concienciación transversal, porque afecta a toda la sociedad más allá de diferencias sociales, económicas o culturales. Esta próxima semana se celebra el el 25N, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, y es un buen momento para recordar que esta lucha es infinita y no tiene, ni tendrá, fin. La sociedad española tiene la obligación de asumir y reconocer este problema sin matices ni excusas y para ello debe recuperar el consenso que se desbarató hace unos años por culpa, cómo no, de la polarización y la acción política. Recuerdo la manifestación del 8M de 2018 celebrada en Málaga, en la que compañeros del periódico, entre ellos el añorado Fran Ruano y Ana Barreales, asistimos a una multitudinaria expresión de la unidad por la igualdad y contra el machismo. Aquel día por las calles de Málaga no había bandos ni enfrentamientos, sólo había una única voz, fuerte y a la vez festiva. Se caminaba por las calles con la sensación de que algo grande estaba ocurriendo con una masiva afluencia de mujeres y también de hombres. La igualdad se percibía como una lucha conjunta.
Pero ese consenso se fue diluyendo con el paso de los años y hoy se ha transformado en un enfrentamiento más, en el que aparecen actitudes extremas y, entre ellas, la peligrosa negación de la violencia de género o el intento de imponer un feminismo único sin matices.
Porque una actitud firme contra el machismo, que reconoce la infinidad de desigualdades y agresiones que a diario sufren mujeres por el hecho de serlo, no impide reconocer igualmente la infinita casuística que hay en las relaciones entre hombres y mujeres.
Por supuesto que hay denuncias falsas por parte de mujeres, agresiones a hombres, maltrato psicológico por parte de ellas hacia ellos, pero el número y el impacto es tan pequeño respecto a la magnitud de la violencia contra la mujer que nunca se puede equiparar.
Quizá uno de los mayores problemas ha sido ese, la sensación de que se ha querido imponer un único modelo de feminismo en el que muchas personas –mujeres y hombres– no se veían del todo representadas. Esa misma imposición, con algunos gestos excluyentes, ha tenido impacto en los jóvenes que en algunos casos se salen de ese modelo.
Con todo ello quiero decir que la política de los últimos años para eliminar la violencia de género no ha tenido todos los resultados deseados y ha dejado entrever lagunas y errores que serían conveniente corregir.
Y el camino no es otro que recuperar el consenso, trabajar en el aspecto educativo desde edades tempranas y desde un punto de vista integrador y no excluyente, sentar las bases de la igualdad entre hombres y mujeres y asumirlas como propias en el mundo laboral, familiar e institucional, y poner todos los medios humanos, técnicos y económicos para afianzar ese tridente de prevenir, denunciar y erradicar la violencia contra las mujeres.
El mayor favor que se le puede hacer al feminismo es trabajar por la igualdad en todos los aspectos, incluso con medidas de discriminación positiva que abran puertas que aún permanecen cerradas. Y el mejor ejemplo lo hallamos en la política, donde la presencia de la mujer es igualitaria gracias a la imposición de listas cremalleras. De no haber tomado esa decisión, los hombres seguirían copando la mayoría de los puestos y cargos relevantes.
Y no hay que olvidar que las grandes estructuras laborales, empresariales, sociales e institucionales fueron diseñadas en su día bajo la perspectiva de los hombres a las que las mujeres se han tenido que adaptar. Si se revisaran esos procesos y formas de trabajar, con la participación de la mujer, muchas cosas de este mundo serían diferentes. Y seguro que algunas mejores.
En este camino hacia la igualdad plena de oportunidades no caben pasos atrás, porque es el camino más efectivo para combatir y eliminar todas las formas de violencia que acechan a las mujeres y frente a las que no podemos ponernos de perfil.
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