Estoy malo

Salir a la calle en pijama es una costumbre muy malagueña que nos hemos visto abocados a seguir

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Me levanté muy temprano, esperando que alguien apareciera como por sorpresa para llevarme a una fiesta por los buenos días. Abrí los ojos muy pronto, cuando la luz tenía un potencia tan débil que era incapaz de afectar a las pupilas. Para poner las cosas en su contexto, en mi casa siempre fui conocido por mi capacidad de dormir hasta las tantas; no tanto por dormir mucho, que también, sino por acostarme tarde. Desde que salí del colegio me he pasado la vida tratando de evitar trabajos o compromisos en los que tuviera que estar en cualquier parte antes de las 10, con la única excepción de los miserables vuelos de bajo coste. Y aun así, con todo esto, llevo un tiempo levantándome antes de las ocho de la mañana para asombro de mucha gente, incluido yo mismo, que he tenido importantes conversaciones telefónicas que me han servido de despertador y, por supuesto, como cualquier autónomo, han sido habituales los días en los que haya saltado de la cama al escritorio, me haya desplazado como muy lejos al baño o a la nevera, y me hayan dado las nueve de la noche y siga vestido con ropa de dormir y de andar por casa, si es que se puede llamar 'vestido' a ir con calzoncillos tipo bóxer y una camiseta de yonqui.

Todos los autónomos han pasado días enteros trabajando en pijama con la misma naturalidad con la que los médicos van en bata. Hemos escrito artículos y enviado emails en pijama, hemos comido y hemos cenado, hemos recogido paquetes y cartas certificadas y hemos ido a comprar tabaco con esta prenda. Salir a la calle en pijama es una costumbre muy malagueña de dudoso gusto que por un motivo o por otro nos hemos visto abocados a seguir, invitados por las circunstancias. Nosotros estamos acostumbrados, pero los que salen en pijama dan a los de fuera una sensación de continua emergencia doméstica, como quien sale de su casa por un incendio en la cocina o por una reyerta familiar pero lo hace muy tranquilamente, aprovechando la situación para hacer la compra o ponerse tibio con las pipas.

El caso es que llevo dos o tres semanas viviendo en una primicia, despertándome muy temprano, sin querer, sin propósito, en pleno mes de agosto, siempre con ganas y a un horario hasta ahora temible, que en mi razonamiento sería válido por ejemplo para hacer pan. En este enfermizo ritual me despierto por primera vez a las cinco, hago cualquier cosa por coger el sueño otra vez y seguir durmiendo hasta las ocho y, a esa hora, en cualquier caso, ya no puedo dormir más debido a una conjunción entre la obra del vecino y una precoz decrepitud que me arrastra desde finales de julio. Es por la noche y sigo en paños menores, escribiendo un titular como homenaje a la Martirio y olvidándome de un ardor que se clava como la radial de la obra del vecino, y que incluye sospechas de provocar la ruina de cualquier compañía aseguradora o propuestas extrañas como viajar a Lourdes cogiendo, eso sí, el primer vuelo de la mañana.