El maestro Alcántara y el desconocido

Al margen de vidas y muertes hay pequeños destellos de amistad que se encierran para siempre en un paréntesis de gratitud, en la memoria agradecida de un joven desconocido hacia un maestro

El maestro Alcántara y el desconocido
JAIME AGUILERA WWW.JAIMEAGUILERA.NET ESCRITOR

No es ninguna necrológica. Es la historia de una amistad con minúsculas, entre paréntesis: una amistad fugaz y frugal, una amistad paradójica y antitética... y sin embargo, una amistad al fin y al cabo.

Todo comenzó cuando decidí publicar una recopilación de artículos: viviendo en Málaga la idea del maestro Alcántara como prologuista era una aspiración atrevida, un sueño. Coincidió que su amigo José Luis Garci vino a dar una conferencia y mi mujer me dijo que seguro que allí estaba Alcántara, que fuera y se lo propusiera, que no tenía nada que perder. Y así lo hice, abordándolo con todo descaro al final del acto para hacerle la proposición. Me miró sorprendido a la cara y me respondió:

-Joven, no suelo prologar a desconocidos.

-Pues entonces, don Manuel, es cuestión de que nos conozcamos...

Y me dio su número de teléfono, para que nos conociéramos... Y la cosa nos llevó más de un año, porque si no era así no me podía escribir el prólogo. Nos citamos para almorzar en sus restaurantes de cabecera de Bellavista, de El Palo y del Rincón de la Victoria. Nunca, a pesar de mi insistencia, me dejó pagar: supongo que porque nunca pagan los jóvenes desconocidos.

Yo hablaba poco, escuchaba. A veces -las menos- estábamos los dos solos y otras tantas -las más- con otros amigos suyos a los que me presentaba como a un joven articulista al que le iba a prologar un libro. Se hablaba de todo, de temas de actualidad; pero también del mar, de la Guerra Civil, del barrio de la Victoria, de Alfarnate, de Neruda, de Aldecoa, de Azcona... yo sentía que estaba compartiendo mesa y mantel con la historia viva de nuestra literatura, que por un momento estaba formando parte de ella; sin embargo, al mismo tiempo me sentía un especie de infiltrado, casi un impostor: ¿Quién era yo, un desconocido, para atreverme a sentarme a almorzar en ese parnaso tan exclusivo?

Descubrí entonces, en la intimidad de mis lecturas, al poeta Alcántara: y ya nunca dejaría de releer a un «corazón capaz de lluvia», el que aseguraba que «si existía Dios, no tenía perdón de Dios». Comencé a citarlo en mis artículos como «el maestro Alcántara», porque como desconocido que almorzaba con él entendía que tenía todo el derecho de cita.

Pasé a formar parte de las muchas personas que conocían su rutina diaria: sabía que se levantaba tarde, no como yo: «Joven, yo siempre he sido búho; veo que usted ha pasado de búho a alondra». Sabía a la hora que estaba mandado su artículo diario a SUR, después de teclearlo en su Olivetti, después de corregirlo a mano y después de enviarlo por fax: «Joven, el fax es uno de los inventos más prodigiosos de la humanidad, y no voy a abandonarlo».

Sólo una vez me invitó a su estudio, en el mismo bloque donde vivía pero más alto, nada más entrar al Rincón. Allí vi sus búhos, sus libros, su máquina de escribir y su fax. Me preguntó que quería beber y yo, sin pensarlo le dije que un güisqui:

Don Manuel, he pasado de búho a alondra y de la ginebra al güisqui...

Como usted quiera, joven -comenzó a servirse la ginebra para él-..., pero no olvide las últimas palabras de Humphrey Bogart antes de morir...

¿Qué dijo? -pregunté inocentemente.

No debí de haberme pasado al güisqui...

Siempre había algún motivo para ir retrasando el prólogo, porque se suponía que ya nos conocíamos: que si había ido a Madrid, que si había sido jurado de un premio, que si le habían hecho un homenaje... Tampoco tenía prisa. Hasta que un día, había pasado ya más de un año, en una de las citas me entregó un sobre con dos folios mecanografiados: aquí lo tiene, joven.

Lo leí cien veces, me emocioné y lo llevé a la editorial. Al cabo de unas semanas lo llamé otra vez y lo invité a que asistiera a la presentación, junto al poeta Álvaro García, en la capilla del Cementerio Inglés de Málaga: «Joven, no he ido nunca a presentar un libro a un cementerio, pero cómo se le ocurre...»

Pero fue, y se sintió muy a gusto, porque, como decía al final del citado prólogo, a los viejos rockeros les complace que tipos como yo se apresten al relevo.

Y seguí escribiendo artículos, y volví a insertar el prólogo en la reedición de mis artículos 'A pluma desnuda'. Pero ya no conversé más con el maestro, porque mi efímera amistad comenzó con Garci y terminó en un cementerio.

No lo olviden, no han leído una necrológica: sencillamente porque al margen de vidas y muertes hay pequeños destellos de amistad que se encierran para siempre en un paréntesis de gratitud, en la memoria agradecida de un joven desconocido hacia un maestro, hacia el maestro Alcántara.