La lógica en alpargatas

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Cuando los cazadores de Vox se ponen filosóficos, unamunianos y exquisitos es mejor salir corriendo a comprar tapones de cera. De los buenos. Sacan las verdades del zurrón y las extienden a sus pies del mismo modo que en aquellas inconmensurables cacerías del caudillo y compañía colocaban las perdices y las tórtolas. Las verdades y los sofismas de los voxeros tienen el mismo cuello blando que aquellos pájaros, e igual que ellos necesitan de unas hacendosas comadres que las desplumen y las echen a la olla para que puedan ser comestibles, digeribles.

Estos hombres, y sus mujeres, están acostumbrados a la trascendencia. Diríase que duermen con cota de mallas y que cada uno tiene en su mesilla de noche un brazo de santa Teresa o la calavera de San Juan de la Cruz, sí, pero a la hora de medirse cuerpo a cuerpo con la filosofía les sale un churro, un garabato mental. El alto pensamiento es incompatible con esa bravura de tebeo que ostenta la tropa, como ya escenificaron el propio Unamuno y el tuerto (y manco) Millán Astray ahora recreados por Amenábar. El último, o penúltimo, representante de Vox que se ha echado al campo de la lógica filosofal ha sido el portavoz andaluz de la firme formación. Alejandro Hernández.

Ni Kripke ni Bertrand Russell ni Whitehead, ni por supuesto Aristóteles la han trabajado mejor. Alejandro Hernández. ¿Lógica proposicional? ¿Lógica modal? ¿Aristotélica, booleana? No, para qué. Lógica en alpargatas. Lógica para reducir el mundo, para jibarizar la realidad y hacerla de bolsillo. El asunto: uno de los más queridos de Vox. La violencia de género. El lógico Hernández equipara el asesinato de una mujer con el suicidio de quien la asesinó. La conclusión del portavoz parlamentario es inapelable. «El resultado es el mismo». La muerte. No se sabe si el nihilista Hernández, en su hallazgo, ha tenido en cuenta algunos de los elementos que componen y definen el sistema de la lógica. Verdad, validez, inferencia, falacia. No le habrá hecho falta. Una muerte es una muerte, viene a decirnos el pensador Hernández. Maniqueos como el propio Mani -aquel que a sí mismo se designaba como el último de los profetas-, las huestes de Vox quieren hacernos creer que tiene la misma significación el asesinato de una mujer que el posterior suicidio del asesino. Por la vía del reduccionismo y de un juego mental más propio de un ilusionista de feria que del representante de una institución democrática pretenden igualar a la víctima con el criminal. Claro que una muerte es una muerte, pero esa equiparación es lesiva para la víctima y ofensiva para la inteligencia de una ciudadanía que está cansada de que la traten como si tuviera el encefalograma plano. Comparando por elevación, pero sin salirnos de su andamiaje lógico, podríamos decir que el suicidio de Hitler es tan lamentable como la muerte de los millones de judíos, gitanos, comunistas y homosexuales que aquel propició. Pues tan muerto está uno como los otros. Y Hernández tan pancho.