¿Cómo llegamos aquí?

Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

Tres candidatos que se reclaman centrados, moderados y constitucionalistas tirándose los trastos a la cabeza y el único que no se sentiría incómodo si lo llamaran radical pidiéndoles sosiego y moderación. Adversarios que se tratan como enemigos. Políticos que sobreactúan para resaltar las diferencias y que pretenden ignorar que los verdaderos enemigos de todo lo que dicen defender están en ese momento fuera del plató, frotándose las manos. ¿Qué hemos hecho para merecer esto?

La bisoñez de la democracia española, en términos históricos y también en comparación con los países del entorno, no ha impedido que en líneas generales el electorado se comportara con madura sensatez a lo largo de los últimos 40 años. La mayor parte de ese electorado va a acudir a las urnas el domingo seguramente resignado, sabiendo que su voto podrá ser utilizado para algo que no le gustará.

Algunos entenderán como mal menor que su candidato acabe pactando con la extrema derecha, porque peor sería que lo hiciera con los secesionistas. Otros preferirán que se alcance algún tipo de acuerdo con los secesionistas, aunque más no sea de investidura y ya después se verá, porque mucho peor sería permitir que la extrema derecha consiguiera cotas de poder y si eso sucede las consecuencias son imprevisibles. En uno u otro sentido la mayoría votará por lo que considera el mal menor, y eso es imposible que genere entusiasmo. Es una situación peligrosa, porque si algo sobra en quienes quieren cargarse la Constitución es precisamente entusiasmo.

Seguramente la mayor parte de los ciudadanos considera, con más o menos reservas, que esta Constitución es un marco adecuado para la convivencia. La mayor parte de los partidos, también. Incluso Pablo Iglesias, que nació a la política dando por finiquitada la herencia de la generación del 78 y que después de cargarse a Errejón parece haber hecho suyas las tesis errejonistas, ha descubierto en el texto constitucional un marco cuyo cumplimiento debería garantizar un cierto bienestar a todos los españoles.

¿Por qué entonces estamos obligados a ir a las urnas convencidos de que la falta de capacidad para ponerse de acuerdo entre la mayoría que dice defender la Constitución va a acabar dándole armas a quienes quieren destrozarla? Unos para trocear una parte del país; otros, para derrumbar un pilar básico, el estado de las autonomías, y poner freno a los avances sociales. No ha habido en los partidos un mínimo de responsabilidad ni de sentido de Estado. Por eso hemos llegado hasta aquí.