La llamada

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

En los últimos años ha cobrado fuerza un movimiento más o menos intelectual consistente en indignarse por la imagen que proyecta la feria, reducida a un macrobotellón permitido, impulsado para ser exactos, por el Ayuntamiento de Málaga. Será que este verano ando con los niveles de irritación ya cubiertos, pero he dejado de esperar que una fiesta basada en el alcohol y la diversión, a veces salvaje, sea respetuosa con el entorno. Aspirar a que la gente se comporte como si acudiera a Wimbledon o a las carreras de Ascot, cuando lo cierto es que estamos más cerca de Magaluf, resulta legítimo pero inútil, incluso ingenuo si tenemos en cuenta que el resto del año ni siquiera somos capaces de utilizar las papeleras. Hay veces en que uno debe elegir entre la utopía, con su pose melancólica, y el bofetón de realidad que pega la convivencia, sobre todo cuando es impuesta. Se lo digo yo, que hace unos días llamé a una iglesia para quejarme de que las campanas sonasen durante cerca de ocho minutos en plena tarde. Vivir cerca de una iglesia puede convertirse en una pesadilla, sobre todo si no sientes la llamada de Cristo ni viendo la sobrevalorada obra de teatro, luego película, de los Javis.

La conversación fue ridícula. «Disculpe, pero las campanas llevan sonando casi diez minutos y la verdad es que a los vecinos nos resulta bastante molesto», acerté a decir en mi improvisado papel de falso portavoz cuando una mujer me atendió al otro lado de la línea. En realidad no esperaba que las iglesias tuvieran número de teléfono, y mucho menos que aparecieran en Google y que respondiera una mujer. «No a todos los vecinos les molesta», contestó rápida, como si no fuera la primera vez que alguien intentaba iniciar una patética contienda contra el repique de campanas, un sonido cargante como todo lo sagrado. Por entonces yo ya era consciente de que aquella llamada había sido un impulso torpe del que iba a salir derrotado, pero una descarga de orgullo mal entendido me llevó a inventar una recién estrenada paternidad como última estrategia: «A los vecinos con bebés sí que nos molesta, créame». Recordé el poema que Ben Clark dedica a un hijo nonato («Si me hubieras dejado a mí nacer / simplemente naciendo») y colgué. El Senado de Argentina acababa de rechazar la legalización del aborto. Antes que de mi casa, necesitamos sacar a la Iglesia de las aulas y los úteros.

Me imagino a quienes pretenden convertir la feria en un salón de té, frustrados como yo cuando traté sin éxito de silenciar las campanas. Las ciudades son de todos, por mucho que nos empeñemos en moldearlas a medida y exigir que el resto se acomode a nuestros principios como si fuéramos el eje desde donde todo se vertebra. No hay que poner barra libre a quienes entienden esta fiesta como una puerta abierta a su canibalismo, pero cargarse las casetas del Centro, como piden algunos, supondría arrebatar la feria a miles de personas que la disfrutan sanamente.

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