Le llamaban Alfredo

Los políticos no son ni todos Ortega, ni todos 'el Dioni'

JESÚS NIETO JURADO

El atleta de Solares y yo teníamos amigos comunes, inquietudes lingüísticas similares y coincidencias varias. A Alfredo Pérez Rubalcaba le sacaba yo canutazos, frases, cosas, que acababan como una incógnita o una ecuación en la tabla periódica: él era químico y fontanero y yo, ay, poeta decadente. En aquellos tiempos aún triunfaba eso que han llamado el bipartidismo, y Pepe Bono iba enseñándole a Albert Rivera los retratos históricos del Congreso que siempre esconden un puñal.

Mi padrino lo llamaba Alfredo y tiene una foto con él, sonriente, en la misma estantería donde cuelgan Homero, Hesíodo y toda la pesca de sus griegos predilectos. Mi padrino trató a Alfredo y un día comimos juntos en el Eurobuilding de Madrid -hará ya años-. Recuerdo que andaba la vieja guardia del PSOE y yo recité «vieja guardia» y le hablé de «retintín». Rubalcaba puso los dedos en pinza, sonrió como en la caricatura que le hizo Ibáñez cuando Felipe, y me felicitó mi acierto lingüístico al no confundir «retintín» con 'Rintintín', el perro ese de las películas viejas.

Rubalcaba tenía su partida y su tertulia en los altos de Argüelles: se le veía ir y venir con esa elegancia de los desgarbados con porte. O esa elegancia de todo socialista de antes de Sánchez que es, por contraste, un Giner de los Ríos. Puede ser que todo socialista antes de Pedro Sánchez era un socialista en el buen sentido de la palabra, quién sabe...

Después el Estado en la cabeza, las cloacas, los faisanes y los ataques que recibió. Dijo Machado que lleva el que ha vivido y se nos quedan por escribir las memorias de Rubalcaba. Con su muerte y con el infarto de Casillas uno, yo mismo, va sintiendo que la época ya no es suya. Cuando a un político lo entierran bajo el epíteto de «hombre de Estado» es obligada la pregunta: a qué cosa diferente del Estado sirven sus señorías...

Cuando un sanchista llora estos días a Rubalcaba hay tanto amor como ignorancia: de ahí que su Soraya Rodríguez se pasara a Ciudadanos hace unos días. La muerte de Rubalcaba ha llegado con calor, mucho, y en una campaña electoral que ya nadie se cree demasiado: por algo será.

Dicen que la política hace extraños compañeros de partida, y yo noté con Rubalcaba -también con Zaplana y con Anguita, tan distintos- un respeto a la conversación, a la gramática y demás ciencias de la cortesía.

Rubalcaba pasó por la España oficial y fue. Con perspectiva vamos comprendiendo que los políticos de este país no son ni Ortega ni 'el Lute', que dice mi amigo Santiago Molina paseando sus barbas de filósofo por el puertecito de La Caleta veleña.

Creo que con eso de abrir los telediarios y con el afecto de políticos de todo pelaje basta para despedir a aquel que llamaban Alfredo. Que hizo lo que pudo y que salió en los papeles.