Se llama dislexia

¿Podemos enseñarle como él aprende?

PEDRO MORENO BRENES

En todo proceso de evaluación docente, si se hace con profesionalidad y garantías, debe existir una relación directamente proporcional entre el esfuerzo del alumno y su rendimiento escolar. Un porcentaje de chavales viven su drama particular ya que su esfuerzo supera con creces al del resto de sus compañeros y sin embargo la lectura y la escritura se convierten en su enemigo, con problemas añadidos en el cálculo, en la memoria de trabajo, la atención, la coordinación, la percepción y la orientación espaciotemporal. Debido a las dificultades señaladas, estos niños pierden la concentración y se distraen más; ¿se imagina, querido lector, si de pronto nos meten a cualquiera de nosotros, sin voluntad ni vocación por la materia, en una clase de escritura china?: nuestras quejas se escucharían hasta en Pekín. Este es el calvario que pasan muchos niños (y también adultos) cuando les toca (parece ser que debido a factores genéticos heredados) la puñetera dislexia, trastorno que algunos informes calculan que puede afectar aproximadamente a un 10% de personas. No hay correspondencia entre el potencial de aprendizaje y el rendimiento del niño, ya que la dislexia se sufre sin que existan problemas de carácter sensorial, físico o motor, y en muchas ocasiones, estas personas alcanzan un coeficiente intelectual muy elevado. En otras palabras, puede transcurrir mucho tiempo hasta que la dislexia se detecta, y eso puede generar en padres y profesores el error de confundir este trastorno de origen neurobiológico con desinterés y flojera del niño respecto a sus obligaciones escolares, dando una injusta imagen de vagos, descuidados o hiperactivos. Las consecuencias de dedicar muchas más horas al estudio que los compañeros y que luzca tan poco en las calificaciones son, según los especialistas, falta de confianza, la autoestima por los suelos, ansiedad, depresión, frustración, trastornos del sueño, de la alimentación y del comportamiento.

Estos niños no se libran de un esfuerzo superior, pero el sistema educativo debe hacer lo propio: incrementar los medios humanos y materiales para contar con profesores y orientadores formados, motivados y con recursos y tiempo suficiente (este apoyo se contempla en los artículos 71, 72 y 79 bis de la Ley Orgánica de Educación y en Italia se aprobó en 2010 una ley específica para los estudiantes con dislexia). Según señalan los especialistas, la mejor didáctica para los alumnos con dislexia es la que se basa en una metodología multisensorial. Ya que en el aprendizaje de estos niños no resulta suficiente escuchar o leer, hay que facilitar la enseñanza con gráficos, diagramas, mapas mentales, ordenadores, videos y otras ayudas visuales, todo ello con las correspondientes adaptaciones curriculares individualizadas. ¿Esto exige más dinero para la educación? Sin duda alguna, y bendito destino para mis impuestos si, entre otros fines, se dedican a dar una respuesta afirmativa a la pregunta de Harry Chasty: «Si este niño no aprende de la manera en que le enseñamos, ¿podemos enseñarle como él aprende?».

 

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