LOS LÍMITES CON BENAHAVÍS

CATALINA URBANEJA ORTIZ

EL12 de noviembre de 2018, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha apoyado la decisión que tomó la Junta en 2015 de archivar el expediente de alteración de términos municipales entre Marbella y Benahavís, sentencia no definitiva ya que podrá presentarse recurso de casación ante el Tribunal Supremo. Una nueva vuelta a la polémica tuerca de los límites para un problema tan antiguo, controvertido y cuestionable.

Como el tema es amplio, trataré de analizar en varios artículos algunas de las delimitaciones territoriales realizadas en diferentes épocas, empezando por las querellas del conde de Cifuentes, al que los Reyes Católicos había concedido las villas y vasallos de Benahavís y el Daidín, excepto la práctica jurisdiccional, que era sólo de las tejas adentro. Es decir, hasta el punto donde caen las gotas de lluvia de las últimas tejas del caserío, era jurisdicción del conde, quedando restringida su autoridad a los núcleos urbanos de sus dos alquerías, el resto pertenecía a Marbella, sea cual fuere el propietario de las tierras.

En 1490, como paso previo a los repartimientos, los reyes encomiendan al bachiller Juan Alonso Serrano el reconocimiento de los términos de las distintas alquerías que conformaban la Tierra de Marbella. El bachiller recabó testimonios de los distintos vecinos de cada una de ellas; por parte de Benahavís acudieron cuatro «moros viejos», asistidos por el intérprete marbellí Antón de Uceda, el cual juró que traduciría «en nuestra lengua de romançe» las declaraciones de los interrogados. Yuçuf Alquelui, el «más viejo que otro ninguno del alquería», manifestó desconocer que tuvieran territorio propio, «ni sabe término que lo deslinde», aseveración ratificada por Emeclif quien aseguró que «no sabe ni vido término partido jamás entre la çibdad e sus alquerías», ya que los ganados pastaban en todos los montes sin ningún obstáculo. Al finalizar los interrogatorios, Serrano llegó a la conclusión de que nunca había existido delimitaciones entre Marbella y los pueblos de su ámbito jurisdiccional.

Cuando el conde recibe la merced en junio de 1492, creyó que su condado tenía su propia delimitación territorial, pero pronto fue consciente de lo contrario y, dado que Marbella frustraba sus pretensiones, recurrió a la Corona. Para resolver el litigio se ordenó al bachiller Gutiérrez de Escalante, corregidor de Ronda y Marbella, que revisara los términos «según que antiguamente, en tiempo que era de moros, los tenían. E los declaréis e se los adjudiquéis deslindándolos por sus mojones conocidos». Escalante, después de interrogar a los testigos que estimó oportuno y visitar los límites propuestos por Cifuentes, sentenció que nunca existieron términos apartados ni amojonados, pues siempre habían sido comunes con Marbella. El conde recurrió ante la Chancillería de Ciudad Real, presentando, entre otras pruebas, un interesante memorial con la toponimia árabe sobre los linderos que, a su entender, le pertenecían.

Este primer pleito se sentenció en 1499, aunque los continuos recursos lo dilataron por muchos años más, tantos como la enemistad entre el condado y el concejo de Marbella. Cifuentes pretendía ejercer su autoridad sobre unos terrenos que consideraba suyos en tanto que la ciudad trataba de impedírselo. Una de las actuaciones más contundentes fue el derribo de las horcas que el conde había levantado frente a las casas de sus villas, en lo que Marbella consideraba su territorio. En septiembre de 97, «en la venta de Francisco, tres leguas de Marvella», el alcaide de Benahavís exigió al corregidor la entrega de los autores del desbarajuste para ser juzgados en la villa, ya que los delitos se habían cometido en ella. Algunos años más tarde, el corregidor de Málaga, nombrado delegado real, ordenó el encarcelamiento de los regidores que encabezaron la destrucción de las horcas, cuestión que nunca se resolvió debido a la tenacidad de ambos contendientes, pues Marbella las derribaba y Cifuentes volvía a alzarlas.

En 1532 compra el señorío Francisco Fernández de Villegas que, junto con el territorio y los vasallos, heredará las disputas territoriales. Sin embargo, cuando en 1572 Felipe II encomendó a Fonseca de Albornoz el apeo y deslinde de las haciendas de señorío y realengo que los moriscos poseyeron en la Tierra de Marbella antes de su expulsión, no hay constancia de que los Villegas protestaran por esta decisión, quizá porque Benahavís y Daidín habían quedado despoblados y la llegada de nuevos colonos supondría un alivio para su economía.

Andrés Solano repartió estas tierras entre los treinta y seis pobladores designados; delimitó un término cuya redondez medía catorce leguas, constreñidas por los de las villas que confinan con Benahavís, insistiendo en que las causas civiles y criminales eran potestad de Carlos de Villegas solamente de las tejas adentro. El resto del territorio permanecía sometido a Marbella, citando la existencia de un pleito que «disen no está fenesçido» pese a los 76 años transcurridos.

 

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