Larra vuelve de nuevo

PABLO ZAPATA LERGA

Qué largo se hace el periodo de formación de los gobiernos, sea regional o nacional. Voté (votamos) con cierta ilusión y ahora ves lo que ha pasado, otra vez. Un mercadeo donde el valor más elemental, un mínimo ideal, una elegancia estética en la rex-pública se ha ido por el vertedero del afán de poder. Un trapicheo donde constatas que tu voto individual no ha tenido ningún sentido. Que me devuelvan mi voto estos marchantes del tinglado político.

Vemos que muchos de estos, no digo 'políticos' sino gente que se ha metido en la política, no ha demostrado su valía ni en el campo de los estudios (preparación) ni del trabajo (ejecución). Están por ser 'hijo de', 'padre de', 'hermano de'. Son personajillos de talla ridícula, ideología plana, engreídos que han ascendido 'en las juventudes de', y que sus armas han sido el servilismo para medrar, la astucia para encumbrarse y agallas para cortar cabezas opositoras. Mariano José de Larra comienza a subir a la Torre de Cristal de Madrid.

¿Dónde están los sabios, los intelectuales que puedan enderezar esto? ¿Dónde hay un Quevedo, Gracián, Jovellanos, Larra, Ganivet y aquellos que soñaron otra España. Los aprisionaron. El político se apoya en ellos cuando los necesita de pantalla; los acalla cuando le molestan; los liquida cuando le ponen en peligro. Así ha sido siempre, hace que los escucha en el ágora pública, pero luego les da la cicuta y tira sus principios por el desagüe. ¿Dónde hay un sabio que nos pueda orientar en este mundo loco donde el más loco y extremista es el que llega más arriba? Locos que quitan lo bueno que ha hecho el anterior solo porque no era de su partido. Pobre pueblo, donde las mayorías que han ganado son devoradas por las minorías parciales, donde constatamos que algunos de los que han sido elegidos tienen la inteligencia de una mosca medieval. En lo alto de la torre, Larra despliega su catalejo para otear la villa y corte.

Ustedes se preguntarán cómo podemos ser tan distintos del resto de Europa. ¿Se imaginan en cualquier país vecino celebrando bodas junto a la tumba de Hitler? Íberos lanzados contra íberos a la pelea, sin querer escucharse, sin querer dialogar, españolito tuerto pero contento con tal de dejar al otro ciego. Pobre pueblo, durante siglos tuvieron que exiliarse las inteligencias más preclaras. Sí, aquí se quedaron los fraygerundiodecampazas devotos de lo más cutre de este cutre país donde el matarse fraternalmente ha sido un placer, el leer es un disparate y la cultura una fulana mal vista. Un país donde los herederos de un dictador sanguinario (eso sí, bendecido y bajo palio) se pasean por los platós de televisión y un cocinero o un buen patas de fútbol crean admiración suma. Háblales de laboratorios, universidades de calidad, índices de lectura, fracaso escolar, de los siete planes de educación en cuarenta años, derechos humanos, cambio climático. Eso no toca, hablemos de fútbol, gritan satisfechos de sí mismos. Ha vuelto lo más viejo y casposo, la tradición goda frente a la inteligencia liberadora, el garrote vil frente a jueces serios, es decir, aquel panorama que se encontraban los ilustrados viajeros del siglo XIX cuando penetraban en la península. No haya remedio, son fruta del país. Ya lo decía Antonio Machado: «Españolito que vienes /al mundo te guarde Dios, /una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón».

Don Mariano de Larra, desde lo alto de la Torre de Cristal, mira a Madrid, mira a España, se coloca los anteojos prestados de Quevedo y comienza a escribir: «Aquí yace media España; murió de la otra media». Su pluma, incisiva, no deja de señalar: «Una nube sombría lo envolvió todo. El frío de la noche helaba las venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos. ¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza! ¡Silencio! ¡Silencio!» (1936).