Lampedusa

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Recuerdo el momento en que el apuesto aventurero garibaldino Tancredi Falconeri (Alain Delon) le espeta a su tío, el príncipe borbónico de Salina (Burt Lancaster) la máxima en la que se basará posteriormente, para las ciencias políticas, el denominado gatopardismo: «Si queremos que todo siga como está es necesario que todo cambie», dicho de otro modo, se tiene la obligación de adaptarse a los nuevos tiempos, intentando, siempre, que la tradición, véase el «sistema» en jerga marxista, permanezca incólume. Alain Delon, Burt Lancaster, la espléndida Claudia Cardinale, entre una lista de actores excelentes, fueron las piezas que el no menos espectacular escenógrafo y director cinematográfico Luchino Visconti utilizó en la panoplia cálida siciliana donde se desarrolla 'El Gatopardo'(1963), película a su vez basada en una novela ya canónica, escrita por el aristócrata Giussepe Tomaso di Lampedusa (1957), sobre la caída de los Borbones napolitanos, arrasados por el movimiento socio-militar -el Risorgimento- que unificó Italia hasta convertirla en la nación moderna que hoy conocemos desde Sicilia a Venecia, primero con la monarquía saboyana (1860-1945), que se estrelló por ir del brazo de Mussolini y el delirio imperial etíope, y luego con una república de gobiernos efímeros «ora a destra, poi a sinistra, oggi alla destra della destra».

Lampedusa es el apellido del autor de 'El Gatopardo' -un arisco y bello felino que aparece en el escudo de armas de su noble familia siciliana-, pero paradójicamente, Lampedusa también es el nombre de una de las tres islas, la más grande y poblada, que componen las Pelagias, las otras dos son Linosa y Lampione; Lampedusa viene siendo, de unos años a esta parte, el puente hacia ninguna parte, la expresión del desastre geopolítico entre África, Oriente Medio y Europa, esa Europa cuyo espacio Schengen es una entelequia al alcance de los países ricos de la Comunidad Europea, y no de quienes desean incorporarse a él desde el «otro lado del mundo»; la crisis desatada por el barco de la organización no gubernamental 'Open Arms', con cerca de noventa migrantes a la deriva en condiciones aberrantes, no es más que una metáfora, y un aviso, de que el futuro ya está aquí. Finalmente la solución ha venido desde fuera del estancado ámbito político, el procedimiento ha venido de la mano del fiscal de Agrigento, Luis Patronaggio, que al visitar el 'Open Arms' y estudiar 'in situ' la situación ordenó de inmediato el desembarco de los migrantes en Lampedusa. El fiscal percibió un delito de omisión de socorro de las autoridades italianas, penado en Italia entre seis meses y dos años de prisión contra los funcionarios públicos responsables. La negativa a recibir migrantes, liderada con extremo ahínco, por Matteo Salvini, que ya no es Ministro del Interior, hizo añicos el gobierno italiano, que ahora gira a la izquierda.

No obstante, el problema no es circunstancial, en su numen se encuentra la égida de los ciudadanos de países como Siria, cuya guerra civil es una tumba abierta, o de Sudán y Libia, en cuyas fronteras la vida no vale nada porque no son estados sino campos de exterminio. Y ante esto la ayuda humanitaria está muy por encima de mafias y autoengaños: Lampedusa nos obliga.