Juicio a la emoción

José Miguel Aguilar
JOSÉ MIGUEL AGUILAR

He descubierto demasiado tarde que la música puede aliviar los males del alma con idéntica intensidad que el silencio, ese que anhelo en noches desveladas con la palabra como compañera y la literatura como calmante, el mismo que codicio en días de aburrimiento exasperante. No acierto a comprender cómo no he resuelto antes esa tesitura. Cómo explicar esos años de ausencia de acordes que hubieran mitigado tantas inquietudes; cómo compensar esa falta tan grave que noto hoy con excesivo ardor. Es imposible volver atrás para descifrar esos sentimientos huérfanos de sonidos que ambiciono para superar la costumbre del desasosiego. Maldigo tamaño error.

Me estampé con la realidad el viernes pasado en el marco incomparable del Mare Nostrum, cuando observé anonadado cómo catorce mil almas con espíritu embriagador se entregaban a un Manuel Carrasco sencillamente sublime. Parecía levitar sobre el escenario avistando esa escena única de la riada de personas rendidas a su arte. Una marea humana resguardada del mar algo bravío que también contemplaba esa ola de furor a los pies del castillo de Sohail. A Manuel Carrasco no se le vio derramar lágrimas porque el viento mareaba hasta las nubes, pero su rostro delataba la mayor de las satisfacciones. Sus ojos rendían pleitesía recíproca. Cómo es posible que del menudo cuerpo del onubense partan mensajes tan cautivadores que hacen que una masa incondicional se rinda a su música durante dos horas y media de comunión total.

Algunas de sus canciones son himnos que sublevan la rutina, piezas extraídas del caparazón que envuelve el cariño, melodías que expande el corazón para que los latidos mantengan la fuerza cautivadora. Desde luego que sentí frustración por haberme perdido tantas emociones en un pasado oscuro de tinieblas silentes.

Creo que para un cantante que pide una y otra vez que no dejemos de soñar no debe haber cosa más bonita que ver disfrutar a un montón de gente a su alrededor, definir ese deleite en estado puro expresado a través de un coro multitudinario como el que se creó ex profeso en una localidad rendida al hechizo de la ocasión, tomada por la magia que aún perdura en mi imaginación. Inolvidable será ese vínculo sensorial que surgió de una guitarra que rasgaba la voz que le cantaba a Fuengirola recorriendo sus mitos y leyendas con la luna como testigo. Condena segura en el juicio a la emoción.