Un Don Juan callejero

CATALINA URBANEJA ORTIZ

Relacionamos noviembre con las castañas, el día de todos los Santos y el Tenorio, tres clásicos sin los cuales este mes otoñal carecería de identidad propia. Vinculados con noviembre, aunque ahora cada vez más madrugadores, los puestos de castañas envuelven la ciudad en ese peculiar aroma que despierta los sentidos, aleja el fantasma de las calorías y nos induce a comprar el clásico cucurucho que contiene tan delicioso manjar.

Asimismo, la visita a los cementerios conforma un obligado ritual hacia nuestros seres queridos, cuya ausencia aflora con más intensidad. Una nostalgia que tratamos de ocultar con flores y velas, como si con ellas pretendiéramos reavivar el recuerdo de quienes formaron parte de nuestra vida y la muerte nos arrebató. Una realidad que se patentiza al volver a casa, cuando encontramos ese hueco que ni las flores ni las velas consiguieron ocultar.

Las festividades de los Santos y los Difuntos han propiciado desde muy antiguo una serie de tradiciones, muchas de las cuales ya en desuso, que reflejan el temor del hombre ante la muerte. Un terror milenario que les hacía destinar la mayor parte de su fortuna en misas y mandas destinadas a garantizar su estancia en el paraíso; el mismo terror que les impulsaba a revisar su pasado, reconocer sus errores y manifestar públicamente su arrepentimiento.

Es el caso de Don Juan Tenorio, ejemplo de perversión y prototipo de la España del siglo XVI en la que el honor era el don más preciado. Su vinculación con los difuntos pudo deberse al último acto y a que Zorrilla dedicara su obra al malogrado Mariano José de Larra. Sea cual fuere su origen, debemos reconocer que durante mucho tiempo resultaba impensable que por estas fechas faltaran sus representaciones en los teatros e, incluso la televisión española, la única del país por entonces, realizaba un considerable despliegue de medios contratando a los actores y actrices más destacados del momento para tal menester. Una tradición que empezó a decaer cuando fuimos invadidos por terroríficas fiestas extranjeras que han eclipsado a nuestro pícaro universal.

En este caso, Marbella, y gracias a los Amigos del Teatro, constituye una excepción ya que, durante tres días, acoge los infortunios de sus protagonistas por el casco antiguo, erigido por unas horas en un magnífico escenario natural para unos personajes que viven, luchan y mueren dentro de un marco muy similar al diseñado por su autor. Son rincones perfectamente integrados en la trama artística ya que, tanto la plaza de los Naranjos como la del castillo, el museo del Grabado, o el Hospitalillo, forman parte de un patrimonio escasamente valorado y que, al menos durante estas representaciones, recobra su verdadera importancia. Por eso es de agradecer la iniciativa de los Amigos del Teatro de acercar al pueblo el don Juan Tenorio, una excusa perfecta para un doble disfrute: el de nuestro urbanismo y el de unas funciones que dábamos por perdidas.

Don Juan es un pendenciero al que una apuesta le encamina hacia doña Inés, una mujer a punto de convertirse en monja, cuya inocencia la convierte en presa fácil para un experimentado soldado que, al final de su existencia, demostrará su vulnerabilidad cayendo en su propia trampa. Pero será la intervención de su ángel de amor la que determine su salvación, rescatándolo del fatal destino que se había labrado a pulso con sus demonios internos y sus contradicciones.

El vestuario, los decorados y la calidad interpretativa, han conseguido calar entre la población que se entrega incondicionalmente a las andanzas de don Juan, sus amigotes de taberna, su desfachatez y prepotencia, cualidades que encuentran su contrapunto en la dulzura de doña Inés. Aplaudo la elección de la plaza del Castillo, antigua necrópolis de esta ciudad, para el último acto, ya que impresiona verla convertida en el cementerio donde se reúnen los espectros de quienes se sintieron agraviados por un libertino que jamás respetó a sus contrarios. También el elenco es digno de elogio, pues tanto Miguel Ros en el papel de don Juan como Mili Quijano en doña Inés, se encuentran perfectamente arropados por los demás actores encargados de dar vida a los variopintos personajes que conforman el libreto. Una gran responsabilidad dada la popularidad del texto y la gran acogida que, desde su estreno en 1844, tuvo por parte del público que adoptó y popularizó fragmentos como aquel «¿no es cierto ángel de amor que en esta apartada orilla?», colocándolos al mismo nivel de la primera frase del Quijote.

Demos la bienvenida a don Juan, a doña Inés y a su entorno. Bienvenidos a Marbella y gracias a los Amigos del Teatro por conseguir que, al menos durante unas noches, olvidemos la lucha diaria para soñar con caballeros de capa y espada, alcahuetas, monjas y conventos.

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