Juan Borgen Marín

JOSÉ ANTONIO TRUJILLO

Andalucía es un género literario. Un silencio fecundo de urnas acompañó la tarde litoral y sin nubes del pasado domingo. Cuando las puertas se cerraron a las diez de la noche en un Sanlúcar de Barrameda con papeletas perezosas y sin caballos, los andaluces gritaron que la democracia no tiene señoritos ni mártires por descubrir.

Por las escaleras bajó Susana, con toda su derrota a cuestas. Buscó la sonrisa, y la sonrisa no fue. Su otoño se convirtió en una tarde sin despacho y sin calor. La sombra enturbió su garganta y maldijo a Sánchez, su enemigo tragacanta. No se puede decir por nombre las cosas que ella vomitó. Su rostro entonó su despedida, que sin duda será en diferido. Le acompañó en el llanto una Teresa Rodríguez que repartió con injusticia su dolor, que sólo su belleza de madre todavía esconde. Los luceros de su populismo se apagaron. Lo que la derrota ha unido que no lo separe ningún pacto contra natura por algunos pretendido.

Tras décadas de gobiernos socialistas, por primera vez los andaluces con su voto mayoritario al centro derecha le han dado la oportunidad de gobernar. Fin de la cita. Ahora comienza la política sin baladro, que necesita de la generosidad de las tres patas del banco nuevo en el que se quieren sentar la mayoría.

Moreno Bonilla siente las arrobas de la responsabilidad de construir un gobierno que nunca había visto tan cerca, y por ahora no ha sacado los pies del tiesto. Vox no será ningún problema para la gobernabilidad en este primer acto, sabedor que su gran oportunidad vendrá con las elecciones que están por llegar: europeas, municipales y generales anticipadas. ¿Y Ciudadanos? Sabemos que Juan Marín es un gaditano sin chiste ni manzanilla, al que se le notan sus años de entrenador de un equipo femenino de voleibol. Es un hombre de pelo feraz y sonrisa sin poesía, pero con un gran sentido común y muchos votos detrás. Su jefe de filas lo quiere hacer el Borgen andaluz, el tercero que aspira con ser el primero, pero al bueno de Juan no le gustan las series danesas porque conoce bien nuestra tierra. Albert Rivera juega a la política ficción, pensando más en su futuro que en el de los andaluces. Si se mantiene en su actitud del listo de la clase, los chalecos amarillos que le han dado un baño de realidad a su admirado Macron en Francia serán nada al lado de lo que los andaluces y resto de españoles le dirán en futuros comicios.

Andalucía aguarda ese raro momento en que las cosas y su nombre coinciden.

 

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