Israel y el 'plan Trump'

Apenas sobrepasará los límites de un regalo de miniestado a los palestinos al margen de la reivindicación básica del Este de la ciudad de Jerusalén –oficialmente anexionada bajo soberanía israelí–

Israel y el 'plan Trump'
ENRIQUE VÁZQUEZ

Entre una casi completa indiferencia internacional se celebró el jueves de la semana pasada en Varsovia (cuyo Gobierno es, acaso, el menos reticente de la Unión Europea con la gestión de Trump) una extraña reunión de 63 Estados. Extraña porque, además de condenar a Irán a todos los efectos, sólo parecía tener el objetivo de mostrar algún respaldo al Gobierno norteamericano en el tratamiento de la situación desesperadamente compleja y estancada en Oriente Medio y, de paso, dar a cada uno la posibilidad de acreditar a su modo qué calidad y cantidad de amigo de los Estados Unidos podría acreditar. Eso explica la presencia allí del jefe de Gobierno israelí, Benjamin Netanyahu, porque Israel había concertado con Washington el objetivo real de la magna reunión: apoyar la gestión norteamericana de la eterna crisis y renovar un poco las expectativas de negociación tras la letal decisión de Trump de trasladar la embajada estadounidense de Tel-Aviv a Jerusalén.

La conferencia fue, en realidad, un exceso diplomático y la presencia de tantos Estados se vio disminuida por el nivel más que modesto de las misiones enviadas y el eco de la jornada, poco menos que nulo en los ambientes diplomáticos y periodísticos internacionales. Netanyahu, sin embargo, debía estar allí por obvias razones: era la puesta de largo de los esfuerzos norteamericanos para resolver o encauzar duraderamente la crisis crónica de Oriente Medio, operación de gran envergadura que el presidente Trump ha puesto en manos de su yerno judío, Jared Kushner, nombrado al efecto, sin sueldo, como se hizo saber en su día para subrayar el desinterés de la histórica misión. Técnicamente él es el director de la iniciativa, pero son en realidad Jason Greemblatt, el asesor de su suegro para asuntos israelíes, y el embajador en Jerusalén, David Friedmann, ambos judíos también, quienes controlan el dossier palestino-israelí y disponen de acceso al presidente.

Jared Kushner, el yerno, trabaja codo con codo con el Gobierno israelí, pero su función real es ablandar, desde su risueño perfil de joven audaz, renovador y entusiasta, a algunos Gobiernos árabes que se lo permiten, empezando por el pragmático y acomodaticio presidente de Egipto, el general Abdelfatah el-Sissi, y el conjunto árabe pastoreado tradicionalmente por los saudíes, es decir, los Emiratos Arabes Unidos, Kuwait y Bahrein, además de lo que controlan del Yemen, con la compañía, de segundo nivel, de países árabes mediterráneos, como Túnez, Argelia o Marruecos, más alejados y sin protagonismo en el escenario medio-oriental.

La magna asamblea de Varsovia fue convocada a nivel ministerial, lo que permitió a muchos Gobiernos enviar representaciones de segundo y tercer nivel. Y quedó muy clara su condición de operación israelo-norteamericana porque los que sí concurrieron con peso propio fueron el primer ministro israelí, Benjamin Netayanhu, y el vicepresidente y el secretario de Estado norteamericanos, Mike Pence y Mike Pompeo respectivamente. Y también estuvo el yerno del presidente y diplomático a tiempo parcial Jared Kushner.

A efectos prácticos, a Israel sólo le interesan Egipto y Jordania (con los que tiene relaciones diplomáticas derivadas de específicos acuerdos bilaterales antiguos y vinculados a crisis encauzadas bajo una fuerte presencia política norteamericana) y en el pelotón de los que aún resisten, la fortaleza saudí parece cada día más próxima al reconocimiento... y, a corto plazo, tal podría ser el éxito colateral derivado del plan de arreglo de conjunto que maneja, como va dicho, Jared Kushner. Es un hecho, por lo demás, la cómoda y fructífera relación creada por el dinámico yerno con el príncipe heredero saudí.

En Israel hay elecciones legislativas el próximo nueve de abril, lo que garantiza que nada de peso sucederá antes de esa fecha, pero se registra un extendido pronóstico de que el Likud (derecha nacionalista), el partido del primer ministro Benjamin Netanyahu, volverá a ganarlas y, por tanto, él podrá formar un Ejecutivo parecido al vigente y que, evidentemente, no teme en absoluto al plan atribuido al Gobierno Trump, que apenas sobrepasará los límites de un regalo de miniestado a los palestinos al margen de la reivindicación básica del Este de la ciudad de Jerusalén (oficialmente anexionada para siempre bajo soberanía israelí). El espectro de la Andorra palestina se cierne con claridad sobre la crisis en un contexto internacional sin precedentes.

La expresión sin precedentes es fácil, pero exacta: Egipto, en su día la gran potencia regional árabe, reconoció a Israel y tiene allí una embajada activa, aunque el común del pueblo egipcio deplora en silencio esta situación. Y Arabia Saudí está en una vía de cambio bajo la batuta del desapoderado y trivial príncipe heredero, a quien la administración Trump da un papel político central que ni siquiera el trágico affaire Kashhoggi –por el nombre del periodista torturado y asesinado por funcionarios saudíes en Estambul– ha podido cuestionar.

La conclusión de la curiosa jornada, pues, es que quienes no pueden negarle nada a Washington estuvieron presentes mal que bien y que Netanyahu probó de nuevo que él hace en gran parte la agenda medio-oriental de Trump en Oriente Medio a todos los efectos, incluido el de animador en jefe de una coalición contra el gran adversario de la temporada: el Irán. Pero ése es otro asunto... la única y verdadera preocupación israeli.