Hacia un invierno demográfico

O se emprenden potentes políticas de natalidad y fomento de la familia o abrimos las puertas a la inmigración

Hacia un invierno demográfico
LUIS PERNÍA IBÁÑEZASPA (Asociación Andaluza por la Solidaridad y la Paz)

Europa envejece. Y a pasos agigantados. Una realidad donde la estadística, más allá de subrayar lo evidente, ofrece los detalles de una realidad que, a todas luces, se ha convertido en un reto estructural de primera magnitud. El envejecimiento repercute en todos los ámbitos y exige un replanteamiento de las políticas migratorias para acoger a personas jóvenes que llegan a suelo europeo. Hay autores que indican que España perdería 2,6 millones de habitantes, un 5,6%, en los próximos años. De esta forma, la población se reduciría a 44,1 millones en el año 2023. De hecho, el descenso de la natalidad y el envejecimiento poblacional han provocado, desde fechas recientes, que en España, haya más defunciones que nacimientos.

La realidad es que la situación demográfica de España es inquietante, aunque el asunto solo se plantee de tarde en tarde y sin demasiado interés, como si lo que nos pasa fuera fruto de alguna irremediable fatalidad y no valiera la pena inquietarnos por ello. Según estadísticas recientes tomadas de un trabajo de Javier Gilsanz, España tiene hoy la natalidad más baja de Europa, 1,33 niños por mujer, la mitad que en 1976 (2,76). En 2017, han nacido menos de 400.000 niños, algo que no sucedía desde el quinquenio 1995-2000; recordar también que el primer semestre de 2018 registró el menor número de nacidos desde los años cuarenta. De hecho, en los cuarenta nacieron en España casi 500.000 niños al año y de 1960 a 1976, los años del 'baby-boom', entre 600.000 y 700.000 anuales.

La caída ha sido remediada en parte por el incremento de la inmigración (el 1 de enero, había en España, según el INE, 4.719.000 extranjeros). Pese a que la inmigración acude al rescate demográfico, España es el país más avejentado de la UE: el 17,8% de la población tiene más de 65 años (la media es el 9,8% en Europa); y el segundo del mundo después de Corea del Sur (22,5%). Y la tendencia es creciente: en 2017, la esperanza de vida era en España de 83,4 años (tres más que la medida de la OCDE) y llegará a 88 años en 2065.

Si en nuestro país constatamos el envejecimiento, mirando al mundo, la ONU habla de una eclosión demográfica y así para 2100 habrá 4.000 millones de habitantes en África, lo que significa, como recalcaba 'Le Monde', que el 40% de la población mundial será negra.

De la misma manera, en 2030, la población de la ribera sur del Mediterráneo (casi el 60% de menos de 30 años) contará con más de 500 millones de habitantes, es decir, se equiparará con la de los 28 países europeos actuales. Países que desde el 2015 están viviendo un proceso de despoblación definido por el demógrafo Gerard Dumont como 'invierno demográfico'.

Según el experto en migraciones Sami Nair, en un futuro cercano, la población del planeta sorprenderá con un significado cambio de rostro: en 2030, la India, con más de 1.500 millones de habitantes, superará a China que, pese al fin de la política del hijo único, se quedará con unos 1.200. Pero la gran sorpresa vendrá de África subsahariana, que aventajará tanto a la India como a China con más de 2.400 millones de habitantes. Según la ONU, en 2030 la población mundial pasará de 7.300 millones actuales a 8.500 millones y 9.700 millones en 2.050. Ahora bien, el continente africano representará más de la mitad de este crecimiento llegando a ser en 2.050 el 25% del total de la población mundial.

Teniendo presente este retrato global la primera constatación es que cuando no hay adecuación entre crecimiento demográfico y capacidad de integración social, el auge demográfico genera desplazamientos de poblaciones. Porque de los 7.600 millones de personas del mundo, los países que consideramos occidentales, incluyendo Japón, Australia y Nueva Zelanda somos unos 1.100 millones; el resto, unos 6.500 millones de personas, no tienen acceso a muchos elementos que conforman el bienestar según nuestro baremo: agua, justicia, alimentación, libertad, sanidad, educación, vivienda… son los desheredados de la tierra que definía Frantz Fanon. Y estas personas se desplazan y se desplazarán en busca de mejores condiciones de vida. Es una ley de hierro. Un hecho que podemos ver hoy al referirnos a los desplazados internos, donde hoy por hoy África ostenta el récord mundial con 12,5 millones de personas, o en los flujos a los países de OCDE donde personas de trabajo poco cualificado llegan sobre todo de los países con ingresos medios; personas de trabajo cualificado, que vienen de los países más pobres (por ejemplo el 70% de la población cualificada de Haití ha emigrado) y personas que llegan por reagrupación familiar de países sobre todo pobres, a los que hay que añadir la migración de refugiados, con un saldo neto de 1.5 millones en 2015.

Los movimientos de poblaciones, sean legales o ilegales, encarnan grandes cambios. El mundo cuenta hoy con unos 250 millones de migrantes (el 3,5% de la población mundial), pero esta cifra no debe engañarnos pues representa dos veces menos que cuando se desarrolló la primera mundialización entre 1865 y 1910 (6%). Aunque ahora sí es Europa la primera región de inmigración del mundo. Las migraciones siguen, se sabe, la polarización productiva de la globalización y la concentración de las riquezas.

En resumen, teniendo presente que las migraciones van a seguir como el día a la noche y que la pirámide demográfica con la contracción de la natalidad erosiona sin piedad su base, crea una situación insostenible, ya que los escasos jóvenes no serán capaces de mantener el llamado Estado de bienestar. Por lo que o se emprenden potentes políticas de natalidad y fomento de la familia o abrimos las puertas a la inmigración. O ambas cosas. Este país no ha sido históricamente previsor, pero nos va el futuro en ello. En las negociaciones en curso para la sostenibilidad de las pensiones en el Pacto de Toledo estos datos deberán ser tomados muy en serio.

José Ibarrola