Intelhorce-Mayoral

ÁNGEL PÉREZ MORA

Aunque pudiera parecerlo, no es el anuncio de un encuentro deportivo. Sí, el de un encuentro fructífero sobre la piel urbana de Málaga. Para un aluvión de ciudad que se había quedado sin 'ingenios' para fabricar acero, Intelhorce fue un desembarco de trabajo en fábrica. Una respuesta a la emigración que aquel régimen menospreciado dio a la tierra de las playas cuya industria solo podía ser del sol y del bañador.

Intelhorce vino a poner trabajo en forma de tela y se fue a finales de los 90, desde la vergüenza de la maldita reconversión. De todo aquel desamparo quedó un testigo. De todo lo allí edificado quedó solo una nave abandonada. Salvada por un arquitecto desinteresado, gracias a su catalogación en el Docomomo, para volver más tarde para quedarse, incorporada al nuevo siglo, de la mano de dos malagueños de pro: uno empresario, otro arquitecto.

Un empresario que salvó un nombre del olvido y una nave de desmoronarse. Una nave de 210m de eslora por 120m de manga, a la que devuelve su orgullo de ser construido para el trabajo, aunque a él ahora solo le sirva como gran almacén de reparto. Un profesional como el arquitecto Rafael Urquiza que es capaz de operar humilde en los restos de un edificio herido para devolverle su dignidad en forma de luz.

Trabajo y Dinero, empleados desde el respeto. Respeto del profesional por unas bóvedas de hormigón, lanzadas en curva atrevida al aire por otro arquitecto allá en los años 60. Respeto por la tipología fabril en su interior, donde el proyectista hace como que no hace y deja limpio el gran vacío para que vuelva a hablar sólo, por sí mismo. Respeto que no quita lo valiente pues allá donde lo esencial desaparece, el profesional imprime su huella para vestir unos muros desnudos de fábrica de bloques. Huella que innova en un revestimiento con el que dibuja un gesto sobre sus fachadas para que estas vibren al sol, según las horas. Homenaje al edificio al que viste de elegante y a la empresa que lo salva; la misma textil que antes se dedicaba a vestirnos desde la entrañable localidad de Yunquera compitiendo desde allí contra todos, en el mercado sin complejos: respeto del empresario por su tierra.

Afrontar la rehabilitación de un edificio es aprender a ver entre ruinas la coherencia entre construcción y espacio, entre estructura y luz, es decir: arquitectura. Arquitectura que muchos edificios, heridos por un mal uso continuado, esconden. No es posible rehabilitar un edificio sin haber cultivado antes la mirada tranquila y el respeto por lo que hicieron otros, por el legado. Y entender, el arquitecto, que uno no es sino uno más en la vida de los edificios. Y entender, el empresario, que los negocios, los trabajos, las fábricas, más que números son personas, que están hechas básicamente de sentimientos y que las más de las veces son los sentimientos los que «más suman». Es posible el equilibrio entre trabajo y dinero. Enhorabuena desde aquí al arquitecto y al empresario.