Ingenuos

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Quizás para empezar habría que distinguir entre inocencia e ingenuidad, entre inocentes e ingenuos. Políticos inocentes -no en el sentido del código penal, sino en el vital- debe de haber pocos. Ingenuos parece que sí hay algunos más. Y eso, en política, es un pecado grave. El naif es un arte para señoras jubiladas que el capricho de los críticos -también medio jubilados mentalmente- elevó a categoría de género serio cuando en realidad, salvo muy contadas excepciones, el naif es al arte lo que la carrera de sacos al atletismo. Bueno, pues parece que tenemos unos cuantos políticos naifs. Y alguno está en el Gobierno.

Solo de ese modo se explica el asunto de las 400 bombas saudíes. Las bombas que se usaron en la guerra de Yemen y mataron a decenas de personas, niños incluidos. Margarita Robles, guiada por un afán humanitario -y por una ingenuidad olímpica-, dijo que se acabaron las ventas de bombas a los ricos señores de Riad. Y los señores ricos, que hasta anteayer eran cuidadores de cabras pero que ahora manejan los flujos de glóbulos rojos de medio sistema financiero, dijeron: No bombas, no corbetas. O ni siquiera tuvieron que decirlo. Con solo mirar a la orilla del mar el silogismo quedó dibujado en el aire. Y la ingenuidad gubernamental quedó convertida en ignorancia. En desconocimiento básico de cómo funciona el sistema circulatorio del dinero.

Los trabajadores de la Bahía de Cádiz se echaron a la calle. Corte de autovías. Barahúnda sindical. Susana Díaz pidiéndole a sus compañeros que solucionen el problema ya. 1.800 millones de euros y unos cuantos miles de puestos de trabajo están en juego. La realidad puesta sobre el mantel. Y los buenos sentimientos y la bonhomía tragados como un sapo. Así que si sobre las cabezas de los niños yemeníes caen unas cuantas bombas españolas qué le vamos a hacer. Lo primero es lo primero. Y no es que los trabajadores de los astilleros sean malvados ni Susana Díaz no tenga corazón. La presidenta de la Junta hace mucho que abandonó el parvulario político, si es que alguna vez pisó esas aulas donde se impartían unas lecciones que ella ya traía puestas. En cuanto a los trabajadores gaditanos, habitantes de una región asolada por el paro, sencillamente saben que pertenecen a una implacable cadena de montaje y que con las cosas de comer no se juega. Así de crudo. El contrato con los saudíes tampoco es para hacer barcos de recreo, sino cinco corbetas, cinco buques de guerra dotados con cañones, lanzamisiles y armamento capaz de hundir barcos. Está claro que aquí los únicos inocentes son los niños yemeníes. Así que el Gobierno, que por su naturaleza espontánea parece inclinado al zigzagueo, da marcha atrás como puede y ahora quiere que los saudíes garanticen que las bombas españolas no van a ser lanzadas en Yemen. Muy bien. Quizá vayan a ser usadas para fuegos artificiales. Para unas fallas en medio del desierto en las que la señora ministra puede ser nombrada fallera mayor.

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