Ilusión de superioridad

Ilusión de superioridad

JOSÉ MARÍA ROMERA

La soberbia está muy repartida, pero si tuviéramos que elegir dos oficios donde abunda el sentimiento de superioridad intelectual estos serían probablemente la política y la docencia. En los dos ámbitos es frecuente el tipo humano convencido de poseer capacidades más elevadas que el resto, tal vez debido al encargo de enseñar y dirigir que ha recibido de la comunidad. En ambos casos la costumbre de dar lecciones a todas horas y de verse seguido o admirado por la gente acaba engendrando el hábito de hablar desde el púlpito, de expresarse siempre ex cátedra, de creer que uno lo sabe todo, y con él una ilusión de superioridad a la que se llega a menudo no tanto por desprecio de los demás sino por hábito profesional. Ante estos casos es inevitable traer al recuerdo el consejo de Mairena: «Huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis el contacto con el suelo, porque solo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura».

Pero la sobrevaloración de las propias capacidades en profesores y líderes públicos no es sino la expresión más acentuada de una tendencia que se da en la mayoría de los humanos. Es el efecto Dunning-Kruger, en virtud del cual propendemos a considerarnos mejores y más inteligentes de lo que realmente somos. A finales del siglo pasado los psicólogos estadounidenses David Dunning y Justin Kruger se interesaron por un misterio bastante común: por qué ciertas personas tienden a sentirse intelectualmente por encima de sus propias posibilidades. Y una de las principales conclusiones a las que llegaron en su estudio fue que el fenómeno tiene más arraigo entre los incompetentes y estúpidos que entre los preparados. El experimento consistió en agrupar a varios estudiantes a quienes sometieron a diversos cuestionarios sobre cuestiones gramaticales, problemas de lógica y situaciones humorísticas. Después preguntaron a cada uno qué puntuación creía haber sacado, y en qué puesto pensaban haber quedado en relación con los resultados de los compañeros. Resultó que la mayor parte de los de puntuación más baja se evaluaron en las franjas altas, mientras que los que obtuvieron mejores resultados se inclinaban a situarse en puestos peores.

Tal vez de nuevo la naturaleza ha actuado aquí con la sabiduría que se atribuye, y ha dotado a los más débiles de mecanismos que les fortalezcan, si no en el talento, sí en la autoestima. Pero la ilusión de competencia no siempre es una compañía recomendable. Hace pocos días, un joven escalador de rascacielos chino de 26 años, Wu Yongning, perdió la vida al precipitarse desde el piso 62 de un edificio de la ciudad de Changsa. Era uno más en la ya larga lista de temerarios que mueren practicando la fotografía extrema en cornisas y salientes en busca de 'selfis' vertiginosos, especímenes delirantes de una juventud embriagada de fama digital hasta el punto de creerse ajena al peligro. El exceso de confianza en uno mismo se extiende a todos los campos donde estén en juego las habilidades personales. No hay conductor que no crea controlar al completo su vehículo y estar preparado para enfrentarse a cualquier incidencia que se le presente en el trayecto. Ni que decir tiene que el riesgo lo ponen los otros conductores. Rara vez los aspirantes rechazados en los 'castings' para un concurso televisivo de voces o una función teatral admiten que los elegidos lo han hecho mejor. Y, volviendo al terreno específico de los conocimientos, resulta cómico el aplomo con que gentes de distintos niveles de formación son capaces de sostener -cada uno a su nivel- falsedades, ideas recibidas, nociones erróneas y datos inciertos que no se han molestado en comprobar, confiados en gozar de una especie de autoridad a toda prueba o de una ciencia infusa que los avala.

LA CITAFrancisco de Quevedo «La soberbia nunca baja de donde sube, pero siempre cae de donde subió»

Todo indica que una de las más llamativas patologías de la época consiste precisamente en la propagación de una soberbia generalizada en virtud de la cual nos sentimos dotados para construir narraciones y defender teorías sin preocuparnos de su consistencia, o peor: creyendo que el solo hecho de construirlas ya nos hace expertos. Como advirtió Stephen Hawking, el gran enemigo del conocimiento en nuestro tiempo no es la ignorancia, es la ilusión de conocimiento. Un titular de prensa leído con prisas en un tuit dispensa de buscar la información que lo desarrolle y nada digamos de acudir a otras fuentes en las que contrastarlo. La inagotable oferta de género formativo de toda índole permite que el asistente a un cursillo de iniciación de dos días sobre una determinada materia salga sintiéndose capacitado para polemizar con el doctor más laureado de la disciplina. Ciertamente, nadie está libre del efecto Dunning-Kruger, y quizá no haya que menospreciar sus ventajosos efectos psicológicos. Que Cristiano Ronaldo se considere el mejor futbolista de la historia, según acaba de declarar, puede procurarle bienestar y dar aliento a sus fans. Pero cuando la presencia del Dunning-Kruger se extiende a aquellos en cuyas manos están nuestros intereses o la formación de nuestros hijos, no estaría de más considerar la posibilidad de ponerle freno.

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