Ignorancia

ELENA MORENO SCHEREDRE

La malsana curiosidad por descubrir palabras me echó, hace tiempo, en brazos de los gabinetes de comunicación y portavoces políticos que, para ocultar la verdad, retuercen el idioma hasta extraerle el zumo a las vocales. Pero como son tan cansinos y provocan ataques inespecíficos de mal humor los he abandonado a su suerte que, desgraciadamente, es la nuestra. Sin embargo, el otro día en una radio alguien pronunció una palabra que nunca había escuchado: agnotología. Tomé nota y tiré del hilo hasta averiguar que era un término acuñado por un tal Robert Proctor, profesor de historia de la ciencia en la Universidad de Stanford, que la empleaba para describir la producción estratégica y deliberada de la ignorancia. Me quedé fascinada por el hallazgo de aquella certificación de lo que en algún momento había sospechado que sucedía; tacita a tacita nos estaban empapuzando estratégicamente de ignorancia.

Sumergida en la búsqueda de términos que no significaban nada, con la misma ansiedad que me generaba coleccionar cromos, descubrí montones de palabras vacías que empequeñecían a quien las escuchaba, haciéndole creer que jamás saldría del sótano de su desconocimiento, a menos que fuera repescado por un discurso progresista y naturalmente verídico. La historia está plagadita de momentos en que se ha generado confusión para destruir el conocimiento. De hecho, los políticos babean cuando ven la oportunidad de incluir la duda en sus campañas. De eso viven en realidad, de la duda. Saben que quien desconoce casi todo es un preciado objetivo. Recientemente, en una feria sobre el regalo, visité un stand atiborrado de gente. Paseé la vista por los productos sin atreverme a confesar que no era capaz de reconocer para qué servían. Una joven acompañada de un comercial iba pidiendo docenas de cada referencia como si el mundo no fuera capaz de vivir sin el muestrario completo. Me oculté entre el barullo hasta que un miembro del equipo vendedor me abordó. Era un chico amable que podía ser mi hijo, así que bajando la voz le confesé que no sabía cuál era la utilidad de aquellos objetos por los que los clientes se peleaban. Sonrió, y con esa ternura que muestran los jóvenes ante la ignorancia de sus progenitores, me aclaró que lo interesante de los productos que vendía aquella empresa era que no servían absolutamente para nada. Me retiré a un café impactada por el descubrimiento y cogí un periódico amigo, entonces, como si la luz se abriera paso en mi cerebro comprendí por qué los políticos, conocedores de como está el patio, estén utilizando la ignorancia como arma arrojadiza. Mantenernos en las brumas de este magma les resulta indispensable para salir indemnes de incapacidades de gestión como las que estamos presenciando.