El hospital desvertebrado

Esperemos que la respuesta no se demore y que la corta vida media en el cargo de los responsables de la Consejería de Salud no sea el humo en el que se disipan todas las expectativas

A principios de los 70 ya eran evidentes los signos que indicaban que la medicina sufriría de forma inminente profundos cambios sociológicos y asistenciales. Avances tecnológicos como la generalización de la ventilación mecánica, el acceso fácil a la depuración extrarrenal o la posibilidad de trasplantar órganos sólidos, entre otros, dejaron patente la imposibilidad del médico para prestar una asistencia individual de calidad a las enfermedades graves, marcando el inicio y progresiva generalización de la medicina hospitalaria tal como la entendemos actualmente.

En aquel momento, el legislador, habitualmente muy a la zaga de los cambios sociales y científicos, reaccionó con razonable diligencia. Por una parte, se procedió a transformar las antiguas estructuras asistenciales de las Residencias Sanitarias en Servicios Hospitalarios jerarquizados, adaptando su funcionamiento a las nuevas tendencias, y por otra, se creó e implantó progresivamente el Sistema de Formación de los Médicos Internos y Residentes (MIR), que garantizaba el relevo generacional basado en un modelo de capacitación tutelada y responsabilidad progresiva.

Para cerrar el círculo de los tres elementos claves de una estructura hospitalaria solida; asistencia, docencia e investigación, faltaba diseñar una Agencia de ámbito estatal que apoyase la investigación. Desde su creación en 1980 hasta su posterior integración en el Instituto de Salud Carlos III, el Fondo de Investigación Sanitaria de la Seguridad Social (FIS) ocupó este papel, siendo el responsable fundamental de que la investigación entrara a formar parte natural de la actividad de nuestros centros hospitalarios. A finales de los años 70, todos los MIR que se incorporaban a las plantillas de los hospitales públicos, ya lo hacían con la convicción de entrar en un sistema cuya misión era prestar la mejor asistencia, garantizar la formación de los que les seguirían y colaborar en la construcción del edificio común del conocimiento.

Por estas fechas, el hospital Carlos Haya, nacido 20 años antes con vocación de referencia sanitaria de la provincia, se había quedado pequeño y obsoleto funcionalmente. De forma involuntaria o preconcebida, pero desde luego ignorando los principios básicos del diseño de un gran hospital, para dar respuesta a este problema, los responsables sanitarios del momento propusieron la construcción del Hospital Materno-Infantil ('Historia del Hospital Carlos Haya de Málaga y sus Pabellones', F. Soriguer y F. García).

Con la mayoría de las consultas externas en el Centro de Diagnóstico de calle Sevilla y un Hospital Materno-Infantil a 4 Km del Hospital General, se inicia la desvertebración de un centro, que presentado como Ciudad Sanitaria, pasaba a convertirse en una estructura dispersa, poco eficiente y mal cohesionada.

No es infrecuente que el destino ofrezca segundas oportunidades, pero éstas solo suelen aprovecharlas aquellos que con formación y humildad saben reconocer los errores previos. Benjamín Disraeli decía «Después de saber cuándo debemos aprovechar una oportunidad, lo más importante es saber cuándo debemos renunciar a una ventaja». Desafortunadamente, se necesitan mentalidades generosas, estadistas y no cortoplacistas para pensar así, personalidades realmente escasas en la nómina histórica de responsables sanitarios de Málaga, habitualmente más preocupados de su promoción personal, que de las obligaciones a las que por razón del cargo les fueron encomendadas.

En 1989, con la apertura del Hospital Virgen de la Victoria y una Diputación financieramente incapaz de mantener la gestión del Hospital Civil, éste es cedido al SAS, convirtiéndose en el Pabellón C de Carlos Haya. En ese momento ya existía un gran consenso entre profesionales y sindicatos para reformular y vertebrar la Ciudad Sanitaria aprovechando la gran superficie que ofrecía el Civil.

Malogrando la gran oportunidad que significaba la homogeneidad política en aquel momento entre Gobierno andaluz, Diputación y Ayuntamiento, los gestores sanitarios locales y autonómicos, enfrascados en sus habituales litigios de notoriedad y poder, fueron de nuevo incapaces de comprender que una estructura compleja como un gran centro hospitalario precisa para su buen desarrollo y crecimiento, espacios compartidos, cohesión y sentido de pertenencia.

Espectadores y víctimas de un carrusel continuo de costosas reformas, los profesionales del Hospital Regional han tenido que contemplar con frustrante resignación, cómo más de veinte años después, un hospital llamado universitario sigue sin aulas, su estructura investigadora permanece tristemente atomizada y su enorme potencial y talento asistencial, por disperso, es demasiadas veces tildado injustamente de ineficiente. Eso sí, habremos de reconocer que tras profundas reflexiones se ha alcanzado el consenso necesario para cambiarle el nombre.

La sexta ciudad de España, la quinta en términos de áreas metropolitanas, la provincia de Andalucía con el mayor crecimiento demográfico y del PIB en la última década, aeropuerto internacional y destino turístico mundial merece un Hospital Regional a la altura de su imagen y responsabilidades.

Séneca decía: «Cuando no se sabe a qué puerto ir, ningún viento es favorable». En este sentido, hacen un flaco favor a los intereses sanitarios de Málaga y contribuyen al retraso, aquellos que insisten en que la solución a sus problemas hospitalarios se resuelven con un tercer Hospital General. Sin afrontar primero la necesaria vertebración del Hospital Regional, no parece sensato atomizar aún más la estructura con un nuevo centro, lo cual seguiría condenando al complejo hospitalario a su actual ineficiencia y lenta agonía.

Al parecer, la Consejería ya dispone del informe técnico del Grupo de Expertos creado al efecto, uno de cuyos máximos responsables declaraba hace ya siete años que «la dispersión geográfica y separación del Hospital Carlos Haya es un dislate absoluto». Aunque el documento, hasta donde conocemos, aún no sea público, cosa que nunca se debe temer, como tampoco, su difusión adecuada entre los profesionales, no hay ninguna razón para pensar que no posee toda la información y el rigor necesarios.

Esperemos que la respuesta no se demore y que la corta vida media en el cargo de los responsables de la Consejería de Salud (la reformulación del Hospital Regional de Málaga ha conocido ya a cuatro personas en el cargo) no sea el humo en el que se disipan todas las expectativas.

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