Horror en Sri-Lanka

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

De la misma forma que la escritora Isak Dinensen -seudónimo literario de Karen Blixen- tuvo una granja en África, el matrimonio formado por Paul y Jane Bowles, tuvieron otra casa espectacular, que alquilaron al Conde de Maunay, en la isla privada de Taprobane, al sur de Ceilán, llamada desde 1972, República Socialista de Sri Lanka, y tristemente popular estos días por los repugnantes atentados masivos de células islámicas. En 'Memorias de un nómada', Bowles cuenta la forma en que al llegar a la isla de Ceilán le inundó una especie de euforia debida a la intensidad de la luz, a las altas temperaturas y a la vegetación, «esta euforia -confiesa- me hacía caminar durante casi todo el día, y al llegar la noche, cuando me tendía en la cama de la habitación del Hotel Mount Lavinia, cerca de Colombo, en el que me alojaba hasta que Maunay me entregara las llaves de la casa, escuchaba el oleaje del mar, ¡y estaba a más de quince kilómetros de la playa!»; pero el paraíso puede convertirse en un infierno, el paraíso de Taprobane, donde al principio, como en el Templo hindú de Madura, Bowles escuchó melodía provenientes de esferas celestes, se transformó, apenas cuatro años después, en una mansión destartalada en las que redactó una de sus más inquietantes novelas: 'La casa de la araña'; Paul y Jane huyeron de aquella mansión, en la que, en sus alucinaciones, imaginaron un elefante rosa de doce metros que avanzaba hacia ellos. Parece mentira pero luego vieron a un elefante exactamente igual en la India, y estuvieron dos horas inmóviles. Pero es sabido que, al contrario, los Bowles no soportaban estar quietos, eran unos nómadas insufribles, cuerpos y almas torturadas que en una isla al sur del sur del mundo sufrieron el ataque combinado de mosquitos y arañas que se cebaron con sus pieles rosáceas y su sangre licuada con whisky, cannabis y somníferos. Fue Jane quien dijo basta ya, que se volvía a Tánger y anotó: «En esta isla flota un horror invisible». Y no se equivocó.

Precisamente el horror se ha cebado esta semana con templos católicos y hoteles de lujo en Colombo. La cristiana es una de las minorías -aproximadamente 8%- en un país de mayoría budista -70%-, aunque también con una minoría hinduista muy activa socialmente -15 %-, al que se añade el gran problema de los 'Tigres tamiles', otra minoría, también de raíz hindú, cuyo conflicto es menos religioso y más político, pues lleva décadas exigiendo al gobierno nacional de Sri Lanka la independencia del norte de la isla, donde son mayoritarios. La guerra civil que mantienen los tamiles lleva décadas cobrándose miles de muertos en la isla, sin embargo, ahora, un brazo armado enloquecido de otra de las comunidades religiosas de Sri-Lanka, la islamista -9,7%-, se ha inmolado -incluida una mujer embarazada- para vengar el atentado contra las mezquitas musulmanas en Nueva Zelanda, perpetrado hace unos meses por un integrista blanco. Han muerto trescientas cincuenta y nueve personas, entre ellas dos españoles. Y yo me pregunto, de repente, si hay justicia divina venga de la religión que venga.