...Y el honor

Pedro Luis Gómez
PEDRO LUIS GÓMEZ

Me queda la palabra. Ese fue el título elegido para la Tribuna que escribió en estas mismas páginas el pasado jueves Luciano Alonso, uno de los políticos más influyentes de la política andaluza y malagueña contemporánea. El que fuera parlamentario nacional y regional, delegado del Gobierno de la Junta en Málaga y consejero de Turismo, Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Andalucía, relataba, en primera persona, cómo ha sido su vida (su pena) en los últimos años, cuando tuvo que dejar la política en activo y salir por la puerta de atrás al ser 'imputado' de unos presuntos delitos de los que ahora, finalmente, tras los recursos habidos y por haber, ha sido declarado inocente. Con Luciano Alonso, y con tantos otros casos en este país de 'maricomplejines', se ha cumplido la máxima de la denominada 'pena del telediario', en la que públicamente se confunden los términos y al 'presunto' se le condena desde el mismo momento en el que se anuncia que se abre una causa judicial. Ocurren muchas cosas en este país, entre otras que la justicia es muy lenta (y la justicia, si es lenta deja de serlo), a la vez que una pléyade de nuevos políticos, 'purificadores de la verdad', que pululan felices gracias a un sistema democrático (el nuestro, el de España) que sólo buscan dinamitar desde dentro, esos mismos, han contagiado a líderes mediocres de los partidos de siempre que para equipararse a los 'salvadores de la patria' (bueno, de una patria o de varias, porque igual te defienden la unidad de España que la independencia de Cataluña) decidieron en su momento que 'imputado' era 'condenado' y que el susodicho, ni presunto ni puñetas, se tenía que ir a la calle a penar sus culpas... Luciano Alonso tuvo que dejar su escaño en el parlamento andaluz, e iniciar un quinario de oscurantismo y zozobra, con peticiones de cárcel (sí, cárcel, junto a violadores, asesinos, ladrones y terroristas confesos...) y el rechazo de quienes se te acercan cuando eres alguien y más pronto te olvidan si dejas de serlo. El PSOE del acomplejado Pedro Sánchez aceptó la ruleta de la 'neo izquierda', a la que se sumó el entusiasta 'arribismo naranjito': bajó los sueldos de los cargos públicos (cuanto menos mejor, porque así a la política sólo se dedicarán los que no son ni han hecho nada en su vida), obligó a dimitir a aquel cargo público por el mero hecho de ser imputado (o investigado), quitó 'prebendas' (¡dios, como si tener un plan de jubilación o un seguro de vida como en cualquier trabajo, fuese un lujo!), y se comenzó a tejer la imagen de que todo el que está en política, menos Rufián y compañía, son seguidores de Alí Babá... Pero entonces, en el caso de Luciano Alonso, como en el de tantos otros, llegó el juez, primero uno, y luego otro, y luego otro... Final: inocente. Sí, pero Luciano Alonso se tuvo que ir por la puerta de atrás. ¿Por...? Desgraciadamente, en España, el estado de Derecho que establece que la presunción de inocencia no se pierde hasta que no se demuestre lo contrario, sólo existe para un sector muy ínfimo y definido de la población, al resto, que nos den... «Me queda la palabra» decía Luciano. Se equivoca. Le queda también el honor, que no es poco.

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