Hipotecas: 'Emosido engañado'

Elena de Miguel
ELENA DE MIGUELMálaga

He visto cosas que no creeríais. He visto a gente firmando hipotecas, convencida de que lo crucial era la cuota mensual y no el índice o el diferencial que les encasquetaban. Personas confiadas, con un punto de pudor, que creían que les estaban haciendo un favor prestándoles dinero cuando, en realidad, el negocio eran ellos. Por aquel entonces, los directores de banco eran amigos -tú-fíate-de-mí- y, a veces, te 'trileaban' con operaciones hipotecarias que, años mediante, nos han aterrorizado. Pero de eso, no nos enteramos hasta que llegó el huracán de la crisis; se nos llevó la venda de los ojos y, de paso, a nuestro amigo a otra sucursal, a otra ciudad, o de cabeza al ajuste de plantilla de la entidad.

He visto a tasadores inflando precios para crear la hipoteca (y también, la burbuja) perfecta. He sabido de demasiados IRPH (incluso índices CECA) sibilinamente agazapados en notas vinculantes, sin mayor explicación que «no te preocupes, es el más estable del mercado», cuando en realidad se llevaban de regalo un pastiche financiero que les succionaba la cuenta mes a mes. Para ser justos, no le faltaba razón al bancario: el IRPH es tan inalterable que apenas se mueve, ni con el precio del dinero rozando el cero; y ha ido dejando un reguero de hipotecados con cara de 'El Grito' de Munch, con sus correspondientes cuñados restregándoles su Euribor menguante en cada comida familiar.

He visto gastos de estudio, comisiones de apertura y de amortización parcial, cláusulas suelo y, en el mejor de los casos, cláusulas 'cielo' del 12%. Apabullados con tanta desinformación, llegábamos mareados a firmar y, en la escena final de la tragedia griega, te podía tocar un notario con prisas que punteaba la escritura mientras farfullaba lo inexplicable a lo Antonio Ozores. Hemos vivido el despiporre hipotecario.

Sólo a golpe de sentencias y recursos que han batallado en muchos casos ciudadanos anónimos se han evitado más abusos, mientras nos crecía el regusto amargo de ese 'meme' callejero que reza: 'EMOSIDO ENGAÑADO' (sic). Por eso lo de ayer del Supremo fue un mazazo, una muesca en la seguridad jurídica y en la credibilidad de una Justicia de la que estaban pendientes miles de españoles. Reinterpretar lo contrario de lo dictado por ellos mismos será difícil de explicar; dañará la institución y nos hará mirar, de nuevo, a Europa. No es la primera vez. La Justicia Europea ya nos ha sacado los colores en temas financieros: cláusulas suelo, intereses de demora, contratos multidivisa... Hace apenas un mes, Bruselas advertía también al Supremo de que su sentencia en defensa de la transparencia del IRPH puede vulnerar la legislación comunitaria. Mientras tanto, seguiremos esperando la ley de crédito inmobiliario, que ya acumula dos años de retraso, y que debe aclarar precisamente qué gastos paga el banco y cuáles el cliente. Por suerte o por desgracia, aún nos queda mucho por ver.

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