LA HERENCIA DE MENDOZA

LA HERENCIA DE MENDOZA
CATALINA URBANEJA ORTIZ

Antes de partir a su periplo rioplatense, Pedro de Mendoza otorgó testamento por el cual nombraba heredero a su hermano Diego a fin de que, si le sobrevenía la muerte, pudiera sustituirle como gobernador general de aquella provincia, «y para que pueda gozar de todas las cosas a mí concedidas por su majestad» tal y como él las disfrutaba. Le dejaba los bastimentos, naos, jarcas, municiones y otras cosas que llevaba consigo, condicionadas a que, si Diego fallecía, pasarían a su sobrino Pedro de Benavides.

Como ambos perecieron al poco de arribar a aquellas tierras, y consciente de que su vida se agotaba, de camino a España a bordo de La Magdalena, escribe unas recomendaciones a su lugarteniente, Juan de Ayolas en las que le habla, tanto de su estado de salud: «me voy con seis o siete llagas, quatro en la cabeça y una en la pierna y otra en la mano, que no me dexa escribir ni aun firmar», como de su precaria economía: «ya sabéis que no tengo qué comer en España, sino es vender mi hacienda». E, incluso, le marca algunas pautas de comportamiento: «si entráredes tan adentro que os encontréis con Almagro o con Piçarro, procurades hazeros su amigo y, si tuviéredes poder para ello, no los dexéis pasar en lo vuestro y no de manera que os pase vuestra gente a ellos».

Al mismo tiempo modifica algunos codicilos de su testamento, destacando el relativo a sus futuros herederos, para lo cual establece dos parámetros muy distintos: el concerniente a la gobernación, que deja a Juan de Ayolas, y sus bienes materiales, de los que lega al hijo mayor de Diego y a dos de sus hermanas, «para ayuda a su casamiento, esta nao capitana en que voy y la otra mi nao de Sant Antón» con todos los aparejos, excepto los arcabuces, «porque los tengo dados al capitán Francisco Ruiz».

Como don Pedro estaba en posesión del hábito de la Orden de Santiago, al no tener descendientes directos, encarga al comendador de León y al Consejo de Indias que soliciten al rey hiciera merced de él «y del asiento de gentilhombre que yo tenía» a su sobrino «para que pueda sustentarse y estar en servicio de su majestad».

En resumen, los sobrinos marbelleros del gobernador don Pedro de Mendoza recibieron una herencia más que cuestionable, pues cuando su madre y tutora quiso acceder a ella, encontró la hacienda embargada por el padre de Juan de Osorio, un hidalgo que había formado parte de su tripulación y al que mandó asesinar «sin causa alguna, por imbidia e malizia» de sus asesores cuando se amotinaron, de «tal manera que le mandó matar a puñaladas, e después de muerto fue puesto en campo con un paño colorado e un rétulo sobre él que dezía que hera muerto por traidor».

Los pleitos que siguieron para acceder a este legado fueron complicados, pue si bien Francisca Villafañe pudo recuperar las camisas, sábanas y toallas que había regalado a su cuñado como ajuar doméstico, más los que habían pertenecido a su difunto marido, un jarro y una taza de plata, con los barcos de sus hijos no tuvo la misma suerte.

Dado el tiempo transcurrido, La Magdalena estaba sufriendo un progresivo deterioro que le impedía echarse a la mar. Debido a «la costa que hacía y el daño que resçebia por estar surta sin navegalla», fue vendida en pública almoneda por 790 ducados, y cuando la reclaman sus nuevos propietarios, el comprador se negó a devolverla pues había invertido más de 800 ducados de oro en «adereçalla de lo que avía menester de calafatealla e xarça» y todo lo imprescindible para la navegación.

Cansada de tan infructuosas gestiones, Villafañe propuso que, en lugar de la nao, se vendieran algunos de los inmuebles que su cuñado poseía en Guadix y les dieran el dinero. Más el administrador no quiso entregarlos sin antes recuperar los gastos que había afrontado «en hazer e reparar casas en el cortijo que dizen en Baldemanzanos, e reparar acequias que se llevaron las cresçientes del río», añadiendo el inconveniente del embargo que sobre ellos pesaba por el pleito con el padre de Juan de Osorio.

Y aunque Francisca de Villafañe no desistió en sus trámites para que sus hijos pudieran disfrutar de la herencia de don Pedro, transcurrieron muchos años hasta conseguirlo. De tal forma que, en 1545, su nieta Isabel de Mendoza, continuaba reclamando su parte a un depositario reacio a devolverla aun en contra de las recomendaciones del rey.

Se dio una situación muy similar a la de hoy, pues las cuestiones administrativas continúan siendo lentas para resolver las demandas de los ciudadanos, tan lentas como rápidas cuando se trata de exigir los pagos en favor del Estado.