Si usted está harto como yo...

JUAN GÓMEZ-JURADO

Hubo un tiempo en que fui ciudadano preocupado. Fue un tiempo breve y angustioso, que creo que puedo acotar incluso con fechas. Esa época de puño helado en la boca del estómago, cabreo de mona recién levantada y malestar general transcurrió, con altibajos, desde el 1-O de 2017 hasta las elecciones andaluzas de 2018. De urnas a urnas.

En esa época infeliz desde el punto de vista del espectador, del ciudadano preocupado, del tuitero comprometido, del articulista incisivo, asistí al devenir de la situación en nuestro país y en el mundo con asombrado pasmo, con estupor constante, con sobresalto a veces. «No puede ser que hagan esto», pensaba mientras leía un titular. «No puede ser que digan esto otro», me llevaba las manos a la cabeza mientras leía un entrecomillado. Los protagonistas habituales, nuestros políticos, eran actores de un drama tan mal escrito que podría salir en una película de sábado por la tarde de Antena 3, pero tan desquiciado e implausible que no encajaría en el más sofisticado relato de Bukowski.

«No puede ser», por la mañana.

«No me lo creo», a la hora del café.

«Estás de coña», en el telediario de mediodía.

«Idos (ahora se puede decir iros, pero me niego) a tomar por saco», en la merienda.

Y por la noche, y en el último vistazo a las noticias antes de apagar la luz. Y al levantarme. Incredulidad ante el garrulismo, el egoísmo, la ambición. El egocentrismo, el individualismo, la ingratitud, la voracidad, la codicia. La astracanada, la bobada, la burrada, la chuminada, la idiotez, la paparrucha. La majadería y la mamarrachada, rampantes y galopantes.

Todos compitiendo por ver quién es más imbécil en los medios. Incluyendo, ojo, a los propios periodistas, yo el primero. A todos los que dan voz a los malvados, alientan a los idiotas y persiguen, en general, lo efímero de los focos y los retuits.

Todo, todo a nuestro alrededor ha virado hacia el espectáculo, la pantomima y la mentira, mientras el mundo real corre por su propio cauce intentando no olvidarme. No hay manera de que esto vuelva atrás y no hay lección que yo pueda transmitir en estas palabras que escribo ahora, porque no tengo ninguna sabiduría dentro, solo asombro e incomprensión.

Así que he decidido que voy a dejar de ser un ciudadano preocupado. Ni siquiera ha sido un propósito de Año Nuevo, que esos nunca se cumplen. Ha sido propósito de hoy, 12 de enero. No tengo la certeza -quizás la intuición- de que el barco vaya a hundirse sin remedio. Pero he decidido que no va a afectarme. Miraré a unos y a otros como el que contempla un accidente a cámara lenta, sin emoción particular alguna. Ni nervios, ni disfrute. Nada. Y bajaré la cabeza y me dedicaré a trabajar en lo mío, haciéndolo lo mejor posible. No crean que esto es, en sí mismo, una lección. No crean, por favor, nada.