Hablar bajito o callarse

Ana Barreales
ANA BARREALES

Del creador de cómo ducharse con 11 litros de agua llega ahora cómo reducir el ruido de Málaga. ¿No se le había ocurrido a nadie antes? Pues la receta es bastante simple y la ha dado el propio alcalde: hablar bajito . Tiene que ser difícil intervenir a diario en tropecientos actos y decir cosas interesantes en todos, pero esperábamos una respuesta más profesional.

Esto es como si al presidente del Gobierno le preguntaran por la sostenibilidad de las pensiones y recomendara ahorrar más y echar una primitiva de vez en cuando.

Y ni media palabra sobre medidas para acabar con el parque temático de bares en que se ha convertido el centro y el ruido generado por las viviendas turísticas, el desfile de despedidas de solteros y las terrazas. Lo peor de todo es que la explicación la dio susurrando todo el tiempo, lo que no sé si daba más risa o miedo. Y no por su tono de voz en plan Al Capone, sino porque por un momento se puede llegar a pensar que él mismo se cree que ha dado una solución al asunto. Y entonces sí que tenemos otro problema más grave.

Sin embargo, para otros lo de susurrar no sería tan mala idea, porque esta semana hemos tenido que oír en voz alta unas cosas tremendas. Por ejemplo, al alcalde de Torrox, que encantado de que las teles nacionales retransmitieran por primera vez desde su pueblo se le olvidó que le habían preguntado por un crimen machista y se puso a sacar pecho por lo conocido que era su municipio. Al día siguiente, cuando le cayó un chaparrón de críticas, pidió disculpas y dijo lo que dice la mayoría de la gente pillada in fraganti, que se habían malinterpretado sus palabras y que ése fue «su peor día como alcalde», cayendo en una patética exageración de la disculpa. Desde luego, se le notaba poco compungido cuando presumía de que ya se podía decir: «Voy a Torrox», como quien dice voy a Benalmádena o a Marbella. Si no hace falta que llore, simplemente que tenga un poco de respeto y empatía .

Quizás si hubieran hablado bajito el fiscal, el juez y la letrada que decidían sobre un caso de una víctima de violencia de género calificada de riesgo extremo a la que ellos decidieron retirar la protección confiaríamos en su imparcialidad. Cuando estaban aún en el estrado intercambiaban entre ellos comentarios cómplices sobre la vista que se acababa de celebrar y el juez se refirió a la víctima como 'bicho', 'hijaputa' y «verás el disgusto que se va a llevar la María Sanjuán cuando vea que tiene que darle los hijos al padre, estará por la noche en el 'Sálvame' poniéndome de vuelta y media».

Lástima que las oposiciones midan los conocimientos, pero el grado de imparcialidad de los que tienen que impartir justicia tenga que ser una cuestión de fe. Porque parece que en este caso a quien juzgaban era a la víctima y no al agresor.

Algunos, desde luego, ni hablando bajito. Estaban mejor callados.