Golpe de terciopelo

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

«Golpe de terciopelo» ha denominado el actor Gael Bernal al posible acceso a la presidencia de Brasil, si Dios y los votos sensatos de los demócratas unidos no lo remedian, de Jair Bolsonaro, el veterano exmilitar y político ultraconservador que ha ido acumulando apoyos gracias a la corrupción del Partido de los Trabajadores que, con Lula en prisión y Dilma Roussef desprestigiada, no han podido crear un heredero creíble en Fernando Hadadd, actual alcalde de Sao Paulo, nada populista, demasiado académico, minoría selecta. Como es sabido, Brasil es uno de los estados más ricos, y sin embargo, con más pobres del mundo; simboliza, desde su origen imperial orleanista, una contradicción viviente, la utopía deshecha, un lugar -y por tanto un no lugar- inmenso, extensión profunda hacia un vacío esmeralda, en el que muchos intelectuales huidos de la Europa en llamas, y bastantes nazis, parece mentira el oxímoron, hallaron, hace ochenta años, refugio en esa selva frondosa que ahora el candidato ultra propone aprovechar al máximo, si hace falta utilizando motosierras; en ese tono, incluso la capital Brasilia, ficticio y armónico universo de curvas futuristas que pusieron en pie Kubischek y Niemeyer, resulta ahora un fiasco idealista y costoso; no quiero que les quepa ninguna duda: la negrura ideológica de Bolsonaro se ha extraído del sumidero sangriento de la reciente historia brasileña. Sin ir más lejos, el flamante candidato defiende, desde hace años, que el levantamiento militar del 64 contra el progresista profesor Goulart fue absolutamente necesario para preservar el orden en un país que se desintegraba, que fue inexcusable la represión y la tortura del 64 al 85, y que la integración en la Operación Cóndor dejó a la patria libre de los terroristas que asolaban América Latina; la doctrina Cóndor fue avalada por Kissinger, Stroessner, Pinochet, Videla, Banzer y Castelo Branco, entre otras criaturas, ¿quién da más? Pero los despropósitos de la candidatura de Jair Bolsonaro van más allá del pasado escudándose en un relato que ni Getulio Vargas hubiera soñado, al ritmo de una perversa samba ideológica -dice Sergio Ramírez- en la que bailan su danza macabra la iglesia evangelista, la clase media urbana aterrorizada por una delincuencia incontrolable, hija de la favela, la clase alta del litoral con su corrompida red de intereses, parte de la clase política, el hacendado que añora ingenios azucareros y cafetales con beneficios, excedentes y plusvalías al servicio de un capital seguro; en realidad, con estos desquiciados parámetros, la candidatura de Bolsonaro pretende exportar una política económica ultraliberal en una región tradicionalmente postrada -incluidos Paraguay y Argentina-, con enormes bolsas de pobreza y elevados índices de desnutrición. Hasta la vieja derecha republicana se ha manifestado contraria de este nuevo mesías antiabortista, homofóbico, radical anticomunista, que conculca las bases constitucionales que fundaron la nueva democracia del 85. El incendio, el pasado 2 de septiembre, del Museo Nacional de Brasil, que arrasó con la mayoría de sus fondos, funciona ya como un tótem del desorden en el que el país se halla. El fuego, en palabras de Octavio Paz, no deja de ser un aberrante símbolo.